Libertad

Libertad González ha sido valiente. No solo porque se atrevió a revelar en la sala de prensa del Ayuntamiento de Gijón que fue agredida por su pareja, sino porque lo hizo a sabiendas de lo que le esperaba después: el aplauso de los muchos que entienden sus razones para contar su sufrimiento, pero también los diversos comentarios de algunos que prefieren preguntarse si oculta inconfesables fines antes que creer sus palabras. Hubo quien puso en entredicho su relato porque considera que a una abogada con su experiencia no puede ocurrirle que se enamore de un maltratador, quien dudó de que fuera cierto que en un juzgado le reprocharan que le había pasado «por guapa», quien la acusó de mentir por asegurar que un agente había minusvalorado su denuncia porque «ni siquiera lloraba» y hasta quien insinuó que en su condición de ‘política’ intentaba buscar protagonismo. Para saber que todo eso se dijo solo hay que leer lo publicado en las redes sociales, donde muchos escribieron de Libertad lo que opinan de ella en lugar de lo que le dirían si la tuvieran delante. En demasiadas ocasiones, la educación solo alcanza para sofisticar el cinismo.
Seguro que a Libertad González nada de eso le ha sorprendido. Es probable que ahora esté más convencida que antes de su comparecencia pública que ha hecho bien en no callarse, como seguramente le habría aconsejado más de uno. De momento, ha dejado claras unas cuantas cosas. La primera, por si aún cabía alguna duda, que ninguna mujer está a salvo del maltrato por su posición social, su formación o sus convicciones, como nadie lo está de la mentira, la violencia o la estupidez. Su vivencia también refleja que a pesar de las muchas leyes aprobadas en los últimos años los protocolos de atención a las víctimas son mejorables. Pese a la protección legal que las administraciones ponen a su disposición, una mujer puede sentirse muy sola tras ver su vida en peligro. No solo por encontrarse con un tarugo al otro lado de una ventanilla, sino porque la falta de medios hace que muchas veces ni siquiera quienes intentan hacer su trabajo con la mayor dedicación lleguen tan a tiempo como les gustaría. Tampoco deja de sorprender que tras lo mucho prometido para que las mujeres se sientan amparadas seamos incapaces de evitarles el mal trago de que terminen en una sala o en el pasillo de un juzgado al lado de quien les dio una paliza mientras esperan para comparecer ante el juez. Aunque tal vez lo más importante de todo lo que nos ha demostrado Libertad González es lo poco que todavía hace falta para cuestionar la declaración de una víctima. Basta con que no llore lo suficiente, que tenga la entereza de plantarse delante de una cámara para denunciar que se sintió abandonada o que milite en un partido político. Ni siquiera es necesario que todas esas circunstancias concurran en una misma persona para que algunos se pregunten si deben compadecerse de ella. Por eso las mujeres que tienen el valor de dar la cara resultan tan admirables. No solo porque muchas de ellas saben que ese paso puede acrecentar el deseo de venganza de su agresor y el peligro que afrontan cada día, sino porque nos ayudan a ver cuánto nos falta por entender y mejorar para conseguir al menos que las víctimas no se sientan atrapadas en el miedo a las consecuencias de luchar por su libertad.