Grupos violentos

 

Extremistas por definición, son más fáciles de identificar por su comportamiento que por su nomenclatura o su ideología, limitada a un batiburrillo de consignas, prejuicios y cánticos. Casi inofensivos por separado, mejor no cruzarse en su camino cuando van en rebaño, amparados por la masa, enardecidos por el alcohol y bajo el presunto anonimato de las capuchas. Los grupos violentos hacen de los terrenos de juego un campo de batalla, de las calles una encerrona y de los foros de internet un vertedero. Campan a sus anchas gracias a las pocas ganas de buscarse problemas de la mayoría, que expresamos el desprecio con la indiferencia, ignoramos sus insultos y preferimos cruzar de acera. Nuestra prudencia, cobardía a sus ojos, alimenta su sentimiento de impunidad. Conocen al dedillo la ley para saber hasta dónde las poses violentas y las amenazas veladas pueden hacer que cualquiera dé un paso atrás con la impresión de que han estado a punto de partirle la cara sin más razones que haber respondido a sus insultos, llevar una camiseta del rival o mirarles el tiempo suficiente para darles, sin pretenderlo, la excusa con la que iniciar una pelea. Pero como también son bulliciosos, coloristas y pagan entrada, durante mucho tiempo tuvieron un espacio reservado en los estadios de toda España. Muchos dirigentes de los clubes de fútbol preferían apaciguarlos con prebendas antes que plantarles cara y encontrarse con pintadas amenazantes o las ruedas del coche pinchadas. Al fin y al cabo, siempre estaban ahí, en los triunfos y los fracasos, incondicionales. Llevó tiempo que las autoridades y los equipos de fútbol se dieran cuenta de que la libertad no justificaba esperar a la tragedia y que la tibieza, lejos de apaciguarles, solo acrecentaba sus bravatas. Incluso costó vidas que nos hartásemos y nos convenciéramos de la necesidad de aprobar leyes específicas para combatirlos y sacarlos de los lugares a donde queríamos ir con nuestros hijos sin sentir miedo. Comenzamos a aplicarlas y nos creímos a salvo, hasta nos permitimos ponernos como ejemplo frente a la vergonzosa permisividad de otros países.
La seguridad también origina despreocupación y hace mucho que este problema, atenuado, dejó de inquietarnos. El código penal no prevé el riesgo de nuestra tolerancia, así que la policía y los jueces deben esperar a que empiecen los golpes y el jolgorio termine en disturbios. Solo entonces actuamos. En ocasiones, con poco éxito. Los puñetazos castigados con penas menores por lesiones y los daños sancionados con multas han convencido a más de uno de que sus delitos merecieron la pena. Tanto es así que los radicales que estábamos dispuestos a erradicar siguen ahí, rejuvenecidos, bajo nuevas denominaciones o incluso con su nombre de siempre. De vez en cuando se les va la mano. Es entonces cuando nos indignamos, exigimos medidas contundentes y recibimos promesas de inmediatas actuaciones. A las pocas semanas casi todo el mundo se olvida de lo ocurrido. Hasta el punto de que volvemos a admitirlos en nuestras celebraciones y en las gradas, donde se sienten con más derecho que nadie, cómodos y convencidos de que pueden seguir a lo suyo. Tanto, que si la policía carga contra ellos denuncian el abuso de autoridad. Cuando son detenidos, todos alegan que estaban en otra parte haciendo cualquier otra cosa, pero acuden al juzgado con pasamontañas, no como comparece quien se siente inocente, sino como se presentan quienes saben que la mayor dificultad para condenarles será desmontar sus mentiras. Porque todas las hazañas de las que presumen en las barras de los bares las cometen con la cara cubierta, y por supuesto, la culpa de que se vean ante un juez siempre es de quien se atreve a denunciar su brutalidad o del policía que los detuvo. Con todo, lo más peligroso no es su cinismo, sino la silenciosa complicidad que aún encuentran.

La tentación de la opacidad

Siete años y siete meses se hizo esperar la sentencia del ‘caso Renedo’. La denuncia de una mujer, atónita tras descubrir que una alta funcionaria regional había usurpado su identidad para desviar a su cuenta ayudas del Principado, llevó a la Policía y a una jueza a tirar de un hilo en cuyo extremo se encontraron a la cúpula de Educación compinchada con dos de las principales empresas suministradoras de la consejería para enriquecerse a costa del dinero de los asturianos. No ha sido el primer asunto de corrupción juzgado en Asturias. Antes, otros funcionarios y políticos fueron condenados. Pero nunca una investigación había terminado con 43 imputados, ocho condenas, unas penas que suman 40 años de cárcel y 6,7 millones de multa. Nunca los reos habían ocupado tan altas responsabilidades en la Administración ni habían llegado a condicionar el funcionamiento de una de las consejerías con mayor presupuesto para hacer compatible la gestión ordinaria con el cotidiano lucro personal. Las empresas financiaban a los altos cargos viajes, coches y hasta obras particulares. A cambio se llevaban la mayor parte de los contratos, algunos ficticios. El consejero José Luis Iglesias Riopedre pedía a los empresarios que contratasen los estudios geológicos a su hijo. Unos costosos sondeos para las arcas públicas que aseguraban a los benefactores la prioridad en las adjudicaciones. En esa tesitura, la ‘número dos’ de la consejería, María Jesús Otero, disfrutaba del privilegio de conocer los apaños que imponían el silencio a su jefe y el poder suficiente para conseguir, según recoge un informe policial, que las principales empresas abastecedoras de equipamiento para los colegios asturianos costeasen por anticipado sus gastos en joyerías.
El Gobierno asturiano cuantifica en «al menos cinco millones» el dinero que pasó de las arcas públicas a los bolsillos de los ahora penados. Acostumbrados nuestros oídos a las escandalosas cifras de los grandes casos de malversación en España aún habrá quien se encargue de buscar la benevolente comparación con los grandes corruptos ibéricos. Por muy misericordioso que se pretenda ser, la cuantía resulta demasiado indecente para pensar que lo ocurrido se redujo a un momento de debilidad personal. Hace falta un proceso sistemático para sisar esta cantidad de euros en contratos de obras menores, todo un entramado que terminó por condicionar la compra de muchas de las mesas y sillas en las que se sientan los escolares asturianos. Las penas impuestas por la Audiencia Provincial así lo refrendan además.
Si algo ha demostrado la investigación fue la ineficacia de la Administración para detectar la corrupción en su seno. De no haber sido por la torpeza de Marta Renedo de falsificar la firma de su jefe, lo que llevó a sus superiores en el Principado a presentar una denuncia y a los jueces a autorizar escuchas telefónicas, José Luis Iglesias Riopedre y María Jesús Otero estarían disfrutando de una apacible jubilación. La detención del exconsejero y su mano derecha terminó con la sensación de invulnerabilidad de los altos cargos, fortaleció el rigor en los controles y devolvió protagonismo a los funcionarios encargados de velar por la legalidad. Su condena deja claro que la justicia asturiana no titubea al repartir años de cárcel ante unos delitos que antes la sociedad parecía considerar menores y ahora intolerables.
Sin embargo, la resolución judicial no termina con la indignación de los ciudadanos. En primer lugar, porque a la mayoría les cuesta creer que los convictos ingresen en prisión y menos aún que devuelvan el dinero sustraído. Aunque también debería preocuparnos la situación de una justicia que ha tardado casi cuatro años en dictar sentencia desde que el juez Ángel Sorando diera por cerrada la instrucción, un tiempo en el que los culpables ya se sentían libres y los inocentes injustamente condenados. Y más aún debería inquietarnos que todas las leyes que los partidos anunciaron a bombo y platillo para garantizar la transparencia y perseguir la corrupción en Asturias lleven enfangadas en el Parlamento el tiempo suficiente para ofrecer a los políticos y funcionarios la tentación de una sugestiva opacidad. Si son tan necesarias como nos han dicho, mal se entiende que les cueste tanto aprobarlas.

La tregua política de la Feria de Muestras

La política ha encontrado este año una zona franca en la urbe que cada verano bulle a orillas del Piles. Más allá de las susceptibilidades del acto inaugural, casi tan tradicionales que pronto estarán incluidas en el guion del protocolo, el territorio comanche que en otras ediciones fuera el recinto ferial para los políticos asturianos ha dejado paso a la cortesía institucional que abre las puertas a un entendimiento hasta hace poco inesperado. Tal vez por la moderación que requiere gobernar en minoría, quizás porque las administraciones perciben el hastío que provoca en los ciudadanos el discurso del apedreamiento, sin duda ante la necesidad de demostrar a los asturianos que gobernar es más que pilotar a la deriva, la Feria de Muestras, alcanzado su ecuador, ha dejado imágenes de diálogo y esperanzadores anuncios de inversión. Asumidas sus discrepancias, el Gobierno central, el Principado y el Ayuntamiento de Gijón se han encontrado, no solo para saludarse, lo que en algunos casos ya resulta una novedad, sino también para expresar sus compromisos con los grandes proyectos paralizados por las estrecheces de la recesión, que también cobijaron muchas excusas. La necesidad de impulsar la alta velocidad ferroviaria, la urgencia de convertir el ‘solarón’ en una estación, la importancia de sumar El Musel a la red europea de autopistas del mar o la inaplazable obligación de desbrozar el camino de la recuperación con políticas que la hagan posible han marcado los discursos y las actitudes. La Feria de Muestras ha reivindicado este año su protagonismo como municipio de todos y lugar de encuentro de las muchas Asturias que llamamos Principado.
Los nuevos tiempos de los que tanto se habla y por los que tan poco se ha hecho aún requieren mucho más que la dimisión de Antonio Trevín, que tras una trayectoria que alcanza al menos para dos carreras políticas, ha decidido iniciar etapa en una empresa de laminados de zinc antes que quedarse en el Congreso de los Diputados en el papel de decorado. El futuro que deberíamos anhelar, distinto del inquietante porvenir que a veces se vislumbra, demanda más que la reivindicación etérea del cambio, la disputa por el cuño ideológico o la apropiación del logro en la que tantas veces se han quedado nuestros políticos. Si alguna lección nos ha dejado la crisis, a la que tanto deseamos despedir por mucho que algunas de sus peores consecuencias pervivan, ha sido que los discursos bienintencionados solo sirven cuando inspiran las acciones que los suceden. De lo contrario, apenas alcanzan para la aclamación de los incondicionales, la réplica de los adversarios o la publicación de antologías. Pero es importante que las palabras y las actitudes cambien para salir de la cómoda atonía de la confrontación en la que la falta de recursos ha llevado tantas veces a las administraciones. La Feria de Muestras, un espacio al menos tan bueno como cualquier otro, ha ofrecido a los políticos, una edición más, un escenario en el que exponer maneras distintas a las que tanta consideración les ha restado. También para encontrarse con una Asturias más real de la que permiten conocer los despachos repletos de prejuicios y estadísticas aderezadas a conveniencia, donde oír lo que tienen que decirles los empresarios, los trabajadores, las organizaciones sociales y hasta los ocurrentes cómicos que han sacado los colores a más de un parlamentario en las avenidas de la ciudad ferial. Resulta esperanzador observar que algunos parecen dispuestos a escuchar pese a las discrepancias. Queda por ver si tan buena disposición sobrevive al estío.

‘Tourist go home’: debates y sandeces

La pintada en la iglesia de San Isidoro de Oviedo ‘Tourist go home’ (Turista vete a casa) demuestra que incluso la más evidente sandez puede encontrar imitadores. A diferencia de otras regiones, en Asturias ningún partido ha cometido aún el disparate de avalar con un discurso simplón y demagógico la campaña contra un sector que ha tenido mucho que ver en que los políticos puedan presumir de haber encontrado el camino para reducir el paro. La economía española se apoya cada vez más en los ingresos del turismo. El Gobierno prevé que 83 millones de personas lleguen este año a nuestro país atraídas por su naturaleza, el buen clima, la gastronomía, la cultura y la certeza de que serán bien recibidas. En Asturias, el sector turístico supone ya el 10% del PIB, pero aún tiene margen para crecer. De ello está convencido el ministro de Energía y Turismo, Álvaro Nadal, que canta las excelencias de la región donde él mismo ha decidido disfrutar de sus vacaciones. A su juicio, el Principado es un ejemplo de cómo «está avanzando y mejorando la oferta, aunque no sea un destino tradicional de sol y playa». Destaca además que nuestra región ha logrado seducir a turistas de un segmento «más cosmopolita y con mayor capacidad de gasto».
El récord de visitantes, que apenas iniciado agosto se da por descontado, ha traído consigo nuevas deliberaciones. Administraciones y empresarios debaten sobre la política de precios, la capacidad de mejorar la promoción e incluso sobre la posibilidad de regular los principales focos de atracción para evitar la indeseada saturación. Se habla del número de canoas que bajan el Sella durante el verano, de las colas para subir al Urriellu, del futuro del acceso a los Lagos de Covadonga y de la necesidad de mejorar los accesos y la seguridad en las playas. Polémicas algunas antiguas pero aparcadas durante los tiempos en los que la crisis hacía al sector conformarse con sobrevivir al verano. Discusiones importantes, sin duda, que mantenemos gracias a los turistas que cada año vienen al Principado a gastar su dinero. Nuestro principal reto es lograr que la mayoría de ellos vuelvan a su casa a regañadientes y con el deseo de regresar a Asturias. Para ello el turismo asturiano necesita trazar el camino que desea recorrer con la ambición y la seriedad que merecen los muchos que viven de él y los todavía más que entre millones de posibilidades eligen pasar aquí sus vacaciones.
El sector turístico se ha ganado el derecho a convertirse en una de las grandes preocupaciones de nuestros políticos, un desafío a su capacidad de proponer medidas que le garanticen continuar su crecimiento de forma rentable y sostenible. La dimensión que ha alcanzado permite incluso vincular otros sectores a su capacidad de generar riqueza. Sin ir más lejos, el prestigio que la gastronomía asturiana se ha ganado con no poco esfuerzo y talento permite vincular a ella el desarrollo de un sector agroalimentario con mayor potencial del que en ocasiones sabemos reconocerle. La importancia del turismo merece todas las discusiones oportunas para conseguir que quienes nos visitan se sientan cada vez más cómodos en una región que debe cuidar su patrimonio natural y cultural para asegurar la permanencia de su disfrute. No sobra el debate, únicamente quienes están dispuestos a decirle a un turista que se vuelva a casa, lo que además de mala educación demuestra la mezquindad de aquellos a quienes les trae sin cuidado arruinar a quien sea con tal de que el declive favorezca a sus intereses. Por fortuna, son muy pocos y el carácter de los asturianos nos hace casi inmunes a este tipo de majaderías.

Negarlo todo

Avanza el estío con sus sofocos, inoportunas banderas rojas en las playas, colas para trepar al Urriellu y peregrinos en fila india camino de Santiago. Sosegado para los afortunados de sentirse turistas y frenético para muchos, cada vez más, que necesitan hacer su agosto para llegar a final de año. Al compás de sus propias canciones, efímeras unas, perennes otras. Canta Joaquín Sabina que lo niega todo, incluso la verdad, con notable éxito. Su cinismo rima tan bien que consuela. Suya debe ser la canción del verano cuando tantos están dispuestos a añadir sus propias estrofas. Mariano Rajoy, presidente y testigo, también negó ante el juez lo mucho que desde hace años le imputan sus adversarios políticos. El líder del PP dejó claro que lo suyo es la política y no las cuentas, que nunca supo nada de maletines ni corruptelas, que jamás entraron en su casa sueldos en sobres y que puso a Luis Bárcenas de patitas en la calle en cuanto le dijeron que el tesorero del PP tal vez tenía su propia caja para el dinero del partido. No se inmoló como esperaba la oposición, empeñada en convertir en imputado a quien testificaba, muy a su pesar, para aclarar los negocios que según el fiscal permitieron a unos cuantos hacerse muy ricos a costa de las siglas que gobiernan España.
Rajoy demostró que la experiencia sobre las tablas del parlamento sirve también para los interrogatorios judiciales y despachó a las acusaciones con respuestas tan imprecisas como que «hacemos lo que podemos significa exactamente lo que significa, hacemos lo que podemos». Tan cómodo pareció sentirse en la Audiencia Nacional que incluso se permitió reivindicar su ‘galleguismo’ y replicar desafiante al abogado Manuel Benítez de Lugo que se había confundido de testigo. No cantó Mariano Rajoy como esperaban muchos. Al presidente del PP le alcanzó con su oficio de fajador parlamentario y negarlo todo de principio a fin. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que pidieron su dimisión casi al unísono, han tenido que conformarse con ver por primera vez a un presidente del Gobierno sentado ante un juez. Para la izquierda, el trago por el que Rajoy se ha visto obligado a pasar ya supone un triunfo, aunque tal vez lo sea más para una justicia que ha tenido la ocasión de demostrar que puede ser igual para todos a pesar de las aparentes prisas del presidente de la sala por despachar el interrogatorio. La actuación de Rajoy se quedó en una cantinela, pero los populares mostraron su satisfacción con una ovación casi desproporcionada. Incluso parecieron arrepentirse de haber solicitado con tanta reiteración una declaración por videoconferencia para evitar los inconvenientes del paseíllo en directo. El hecho es que Rajoy se escapó vivo de sus acusadores rumbo a Galicia porque, guste o no, la carga de la prueba corre a cargo de la acusación, excepto que el investigado esté dispuesto a suicidarse.
Lo mismo ocurre en la política asturiana, que durante las últimas semanas ha visto al Gobierno autonómico reconstruirse tras la dimisión de dos consejeros y una reorganización de altos cargos justificada por la necesidad de dar un «nuevo impulso». La puerta abierta para que salieran quienes menos respaldaban la acción del Ejecutivo ha servido también para que entren políticos de mayor oficio y probada lealtad. Pero no existe parlamentario, ni siquiera en el PSOE, que no esté convencido de que el baile de direcciones generales responde al intento de solucionar los problemas de gestión detectados en las consejerías durante este mandato. Los nuevos nombramientos obedecen a la necesidad de corregir los desajustes de una estructura que no puede permitirse errores de bulto en minoría parlamentaria y ante la previsión de lo que se le puede venir encima. Tan evidente resulta que la oposición se ha apresurado a pedir dimisiones allá donde los cambios han señalado los problemas. El Ejecutivo se ha limitado a cerrar filas y, por supuesto, a negarlo todo. Con distintas letras, más o menos afortunadas, pero a un compás que los políticos veteranos de muchas refriegas interpretan de memoria, el que conviene tocar cuando lo que se necesita es ganar tiempo para sobrevivir a los ahogos del verano. O al menos, para tomarse unas vacaciones.

‘Todos somos Germán’

¿Quién es la persona más famosa de tu país? «Mohamed aly». ¿Qué es lo que más te desagrada? «Una persona sucia». ¿Debemos leer muchos libros? «Nada». Son las contestaciones de un chaval de veinte años en una red social en la que los jóvenes se conocen a través de un sistema de preguntas y respuestas. Ahora no puede dedicarse a esos menesteres. Está en la cárcel acusado de apalear a Germán Fernández. En esas mismas redes se especula con la vinculación del grupo de agresores, que se identificó a sí mismo como ‘la manada’ en una fotografía, con colectivos ultras de diverso pelaje. La biografía de los detenidos refleja un progresivo embrutecimiento a través de un gazpacho ideológico de simplezas que mezcla el culto a la fuerza, la egolatría y la afición a la litrona que desembocó en una brutal paliza a un joven que solo trató de mediar para que dejaran de vapulear a un amigo. Nadie con dos dedos de frente puede justificar una violencia tan gratuita, pero quienes golpearon a Germán ni siquiera parecen haber entendido la gravedad de su comportamiento. De no ser así, sus amigos nunca se hubieran atrevido a rendirles homenaje en la fiesta del Carmín. Tampoco comprenden los motivos por los que terminan en comisaría la mayor parte de los arrestados, cada vez más jóvenes, por las agresiones sexuales. No es la violencia de sus delitos lo más alarmante, sino la inconsciencia con la que cometen sus fechorías y la despreocupación por las consecuencias.
Las denuncias por abusos han aumentado porque la educación de varias generaciones ha reducido el estigma de culpabilidad de las víctimas, pero no la incapacidad de los agresores para entender el significado de una negativa. La violencia entre los jóvenes o las agresiones sexuales en las fiestas no son algo nuevo. Sí las condiciones en las que se producen. Aderezadas con el absoluto desenfreno que provoca la mezcla de alcohol, drogas y la falta de autocontrol.
Pese a los cambios en las leyes de consumo, los bebedores son cada vez más jóvenes. El modelo de ocio ha cambiado mucho, dudo que para mejor. La solución no es sencilla. Políticos, psicólogos y fuerzas de seguridad coinciden en que pasa en gran medida por la educación que reciben los adolescentes en sus familias y en los centros de enseñanza. Antes de alcanzar la mayoría de edad, los principios con los que vivirán ya están enraizados en su personalidad. Por desgracia, cuando se discuten las leyes educativas los partidos comienzan por buscar una atractiva fórmula con la que convencernos de que mejorarán los resultados académicos de nuestros hijos y terminan enfrentados por incluir o suprimir asignaturas en función de sus postulados ideológicos.
No existe diputado en el Congreso al que resulte necesario convencer de la necesidad de un gran pacto educativo que se adapte a la nueva realidad social y cimente la democracia en la que deseamos vivir durante las próximas décadas. Pero esos mismos políticos creen improbable alcanzar ese acuerdo en esta legislatura, con el Gobierno tan ocupado en lograr apoyos de supervivencia y la oposición atareada en darse codazos para ampliar su espacio respecto a las siglas de la competencia.
Los jóvenes que apalearon a Germán Fernández estudiaron en los mismos colegios que sus víctimas y que quienes dirigirán este país en los próximos años. Duele afrontar nuestra incapacidad para evitar que campen por nuestras calles jóvenes que salen a buscar camorra cada noche; estremece observar que a los compañeros de pupitre de quienes dan las palizas les parezcan tan inevitables estos comportamientos que renuncien a combatirlos. Al fin y al cabo, alcanzada la madurez siempre habrán tenido a su alrededor un cierto número de impresentables por metro cuadrado a los que padecer con resignación. Llegado el momento de tomar decisiones, tal vez miren atrás y simplemente digan lo mismo que ahora escuchan de sus mayores. Y no harán nada. Pese a todo, no pierdan la esperanza. Esta semana, cientos de personas salieron a la calle para gritar que ‘todos somos Germán’. Faltan palabras para agradecérselo.

Bárbaros en nuestras calles

Asturias es una de las regiones más seguras de España. Lo corroboran los datos. Eso no evita que una pandilla de salvajes provoque una refriega y como si de una guerra se tratara persigan a un grupo de jóvenes por las calles para apalearlos. Ocurrió el viernes en Gijón. Según los testigos, los agresores alcanzaron a Germán, que se había quedado rezagado por tratar de mediar en la pelea y le golpearon con una baldosa en la cabeza. Sus amigos reconocen que podía haberles ocurrido a cualquiera de ellos. Germán se convirtió en la víctima porque en el tumulto cruzó la calzada, se separó de sus acompañantes y quedó indefenso. El trabajo policial para atrapar a los delincuentes fue eficaz. El mismo día de la agresión dos jóvenes ya estaban detenidos. El problema de estos casos no suele ser encontrar a los culpables, sino evitar que actúen. Así que el único consuelo para la familia de Germán es que poco después de lo ocurrido los responsables se encontraban entre rejas. En Pamplona, un aficionado del Sporting recibió una paliza en un bar solo porque la camiseta de su equipo le identificaba como seguidor rojiblanco. Ni siquiera llegó a intercambiar una palabra con el individuo que le dejó tirado en el suelo sangrando. El agresor aún no ha sido detenido y el joven pide ayuda para encontrarlo: «Hoy he sido yo, pero mañana puede ser otro por llevar una bandera arcoíris o una chica por no aceptar que alguien le meta mano». Pocas cosas, por desgracia, más ciertas.
Evidentemente, se trata de hechos aislados. Habrá quien diga que forman parte del peaje del desenfreno nocturno en el clima general de seguridad en el que vivimos y que resultan imposibles de prever. Pero no por infrecuentes deberíamos ignorarlos. Asumimos con resignación el peligro asociado al ocio y acabamos por creer que el riesgo resulta inevitable en determinadas calles y en algunos festejos multitudinarios. Cada paso que damos hacia la aceptación lo cedemos ante la brutalidad. Peor que sentir miedo es acostumbrarse a vivir con él. Los bárbaros que salen de noche a apalear jóvenes, quienes aprovechan las fiestas para cometer abusos o los que golpean a alguien solo por llevar una camiseta que simboliza cualquier cosa que se les antoje despreciar no surgen en cuestión de minutos. Sus acciones tampoco nacen de un arrebato imprevisible, son el resultado de acumular durante años las suficientes dosis de odio, ignorancia y estupidez hasta el punto de considerar a quienes tienen a su alrededor como objetos a su disposición o enemigos mortales porque han tenido la desgracia de toparse con ellos. Cuando sus atrocidades nos estremecen, pedimos mejoras en la seguridad pública. En algunos lugares es obvio que resulta necesario. Por muy eficaz que sea nuestra policía en sus investigaciones, le debemos más cuando es capaz de evitar el delito, aunque ninguna estadística lo recoja. No deberíamos conformarnos con que las tasas de resolución de denuncias sean las más altas de España, sino preocuparnos de que los ajustes de plantilla, los experimentos organizativos y las limitaciones presupuestarias de los tiempos que nos ha tocado vivir no menoscaben la vigilancia que nos garantiza la maravillosa sensación de que podemos pasear por nuestras calles a cualquier hora del día o de la noche sin necesidad de echar la vista atrás. Ese es un privilegio del que aún disfrutamos y que tal vez no valoramos en lo que merece porque nos parece natural. Pero no lo es. Resulta muy fácil de perder. Basta con despreocuparnos, desentendernos de la realidad, consolarse con pensar que se trata de sucesos puntuales y dejar que el odio se alimente de nuestra indiferencia.

OBRAS Y ESCALAGÜERTOS

El verano se ha instalado en una Asturias que espera un nuevo récord de turistas con nubes y claros en su panorama político. El buen tiempo siempre facilita las obras. El ministro de Fomento y el consejero de Infraestructuras, viejos conocidos, parecen dispuestos a iniciar algunas obras que deberían llevar tiempo terminadas. Íñigo de la Serna y Fernando Lastra trabajaron un sábado por la mañana para colocar la primera piedra de las obras que intentan resolver los problemas de acceso al puerto de El Musel y a lo que pretende ser algún día la Zona de Actividades Logísticas de Asturias. Ambos apelaron al entendimiento, a la coordinación y al interés general, palabras que no se oían últimamente en los encuentros entre dos departamentos que han necesitado cambiar de responsables para entenderse. Queda ahora que las intenciones se tornen en hechos. «Toca trabajar», ha dicho el titular de Fomento. Bien harán ambos gobiernos en aprovechar la temporada alta, que en Asturias siempre es corta, para avanzar en los proyectos que pretenden dotar a El Musel de un acceso digno, garantizar a los asturianos una comunicación ferroviaria adecuada al siglo en el que vivimos, construir en Gijón una estación que sustituya al gran apeadero prefabricado al que ahora llegan los trenes y transformar un túnel inundado en la primera línea de metro de Asturias. Trabajo tienen por delante como para no tomarse demasiadas vacaciones.
El verano también es tiempo de serpientes políticas, que suelen provocar algún que otro susto, pero que resultan inofensivas. La campaña de las primarias en el PSOE ha subido la temperatura en las filas socialistas a nivel de ebullición y ha reanimado el culebrón de la moción de censura en Gijón. El Gobierno asturiano abrió el debate con su oferta de un acuerdo a Podemos e Izquierda Unida que incluye descabalgar de la Alcaldía a Carmen Moriyón. Los candidatos a la Secretaría General de la FSA asumen el objetivo. Aunque por el momento, la iniciativa ha servido para ver lo lejos que se encuentran quienes aspiran a liderar el socialismo asturiano. Adrián Barbón está convencido de que cualquier acuerdo de izquierdas resultará imposible mientras el referente de su partido sea su rival. José María Pérez cree que su adversario ofrece pactos «sin entender lo que ocurre en la ciudad». El portavoz de Xixón Sí Puede, que ve más futuro en determinar la política municipal desde la oposición que en sentarse a escuchar a los socialistas, ya les ha contestado que si tanta prisa tienen por recuperar la plaza para la izquierda que le nombren alcalde. IU ha hecho pública una encuesta en la que seis de cada diez votantes de izquierda creen que no es el momento adecuado para una moción de censura, lo mismo que piensan los dirigentes de la coalición. El asalto de la izquierda a la Alcaldía gijonesa parece tan abocado al fracaso como la alianza regional planteada por Javier Fernández, de la que todos hablan, pero a la que nadie ve el menor futuro al menos hasta que los socialistas decidan quién tomará las riendas de su partido. Por el momento, IU le ha contestado que el PSOE se ha gastado todos los cheques en blanco que le firmaron con la esperanza de que el Gobierno regional fuera más sensible a sus demandas. Así que no parece probable que los asturianos vayan a tropezarse con ningún cambio de gobierno este verano en Gijón ni tampoco con un pacto que ofrezca mayor estabilidad al Ejecutivo regional. En Asturias, lo que algunos quieren hacernos ver como peligrosas serpientes no son más que escalagüertos. Y a estos inofensivos reptiles, ya lo saben, lo único que les preocupa en verano es tomar el sol. Como a muchos políticos.

El rompecabezas asturiano

El empleo vuelve a aumentar en Asturias, pero uno de cada cuatro jóvenes trabajará para ir tirando como mayor expectativa. El último informe del Consejo de la Juventud recoge que solo el 18,4% de los asturianos menores de 29 años logra emanciparse. Las causas, evidentes. La reducción de los salarios, la temporalidad del empleo al que pueden aspirar y las dificultades para alquilar o comprar una vivienda hacen que la mayoría decida continuar bajo el paraguas de sus padres y estirar su sueldo hasta donde les alcance. Los datos de este estudio entroncan con otros como la constante pérdida de población de Asturias, el saldo migratorio negativo con el resto de comunidades autónomas o el aumento de la brecha salarial entre hombres y mujeres. La estadística encaja las piezas del rompecabezas asturiano para dibujar una región donde las esperanzas de la patronal, cuyo presidente asegura que este será el primero de muchos veranos en el que «iremos a la playa sin estar en crisis», conviven con la preocupación por una sociedad cada vez más envejecida y dependiente de las pensiones, un territorio que busca una industria más moderna mientras administra el imparable declive de sectores en los que antes asentaba su economía.
Asturias intenta apresurar su paso para salir de la crisis mientras los partidos se esfuerzan por adaptar sus discursos a la nueva sociedad en ciernes. La realidad, vista bajo el prisma de los intereses electorales, ofrece argumentos para la esperanza, el conformismo y hasta el desaliento, de todo se escucha en el parlamento asturiano. Lo último ha sido la oferta del presidente regional a los partidos de izquierda de un pacto con el que consolidar una alternativa progresista y social que impida a la derecha alcanzar el poder. La propuesta incluye desalojar a Carmen Moriyón de una alcaldía que el PSOE nunca se ha resignado a perder. La invitación del jefe del Ejecutivo coincide con el guiño de Podemos a una moción de censura y la división interna de los propios socialistas, lanzados a unas primarias en las que confrontan dos modelos de partido más antagónicos de lo que son conscientes. En estas revueltas aguas de la política asturiana la estrategia del PP es echar la caña a los votantes con un cierre de filas que disipe cualquier atisbo de división, ofreciendo su voto a un gobierno en minoría a cambio de demostrar su capacidad para dirigir la política asturiana. Tampoco Foro, Ciudadanos ni Izquierda Unida son ajenos a un cálculo que todos los partidos hacen ya con la mirada puesta en elecciones autonómicas y municipales. En los pasillos de la Junta se habla, mucho, de candidatos y listas, de pulsos internos y posibles alianzas.
En ese camino de los partidos hacia el poder se entiende una oferta de pacto que intenta situar en primer plano al portavoz socialista de Gijón, que recoge apoyos entre la militancia para liderar el PSOE asturiano; cobra sentido el reiterativo discurso de Podemos sobre la corrupción, se robustece el deseo de Izquierda Unida de mantener su independencia en Asturias, y se explican la silenciosa reorganización de Ciudadanos para la recta final de legislatura, el esfuerzo de Foro por demostrar su influencia con el valor de su voto en el Congreso y la preocupación del PP por reconstruir una estructura municipal que no se corresponde con su dimensión autonómica. Mientras los partidos intentan resolver sus dilemas, en las cifras de Asturias se pueden intuir los trazos del futuro. Ante ellas, sin entregarse al optimismo ni dejarse arrastrar por el desánimo, resulta evidente la necesidad de tomar decisiones para mejorar los resultados que ofrece la simple inercia. Queda por ver si a los partidos les queda interés por hacerlo en los próximos dos años, poco tiempo para las aspiraciones de algunos, demasiado para perderlo. Seguro que a los jóvenes asturianos que viven de un empleo que solo les permite el lujo de ser pobres les parece una eternidad.

AL CALOR DE LA POLÍTICA ASTURIANA

La ola de calor sin tregua que agosta la política regional se ha llevado por delante a la consejera de Infraestructuras. Belén Fernández, cansada de padecer sofocos parlamentarios, sintiéndose maltratada por la oposición y desamparada por los suyos, ha tirado la toalla. Deja su puesto asfixiada por la situación límite de Sogepsa, el parón de la Zalia, el bloqueo político del área central y su reprobación por la ineficacia de sus medidas frente a la contaminación. Tan distanciada de los ecologistas como de las empresas, su perfil de gestora eficaz se ha derretido ante la previsión de las altas presiones que se pronostican para el Ejecutivo asturiano en los dos años que restan de mandato. Su fatiga llegó al punto de que el consejero de Presidencia, Guillermo Martínez, se vio obligado a sostener el escudo de su defensa en la Junta. Tampoco acudió la consejera a la cita con Íñigo de la Serna en Gijón. Belén Fernández prefirió no aparecer en la foto del anuncio ministerial de quinientos millones de inversión para el plan de vías de la ciudad y se evitó responder al órdago del Gobierno central en la tesitura de mantener su rechazo al proyecto pese a las mínimas exigencias de gasto para el Principado. Su decisión ya estaba tomada. Aunque muchos dentro y fuera del PSOE no lograban explicarse que Javier Fernández no hubiera aprovechado la marcha del titular de Industria un mes antes para rediseñar el Gobierno sin su consejera más impopular, esta muestra de confianza no fue suficiente para que Belén Fernández repensara su marcha.
Fernando Lastra, el diputado más veterano de la Junta, afronta la tarea de apagar los muchos incendios que hereda con la experiencia de 34 años de carrera política. Javier Fernández incorpora a la defensa del Gobierno a su mariscal de campo parlamentario. Nada de experimentos. Fidelidad más que demostrada en la batalla contra el ‘sanchismo’, en la que Lastra sostuvo la bandera de la actual ejecutiva de la Federación Socialista Asturiana incluso después de que su líder se retirara del congreso. Los partidarios de Javier Fernández esperan el avance de Pedro Sánchez a la conquista de un territorio político en el que el nuevo líder socialista se siente respaldado por la mayoría de la militancia tras las primarias. Una nueva generación está dispuesta no solo a asumir el control del PSOE asturiano, sino a exigir otras formas de hacer en un partido que consideran alejado de la ciudadanía. La llegada de Fernando Lastra suma al Ejecutivo a un consejero que ha fijado la doctrina socialista en todos los asuntos de importancia de la política asturiana de las últimas décadas, a un negociador rocoso y a un carácter que no rehúye de la refriega. Sus virtudes como látigo del PSOE en el parlamento, el temor de sus adversarios y la admiración de sus afines, situaron su nombre en las quinielas para todo durante años.
La izquierda, a quien Javier Fernández ofrecía un pacto apenas un par de horas antes de anunciar el relevo en la consejería, y la derecha, que ve en la dimisión de la consejera un triunfo político, coinciden en que el presidente asturiano ha optado por encastillarse junto a sus incondicionales. Huir de las probaturas tiene su lógica. Se necesita lealtad para permanecer en un gobierno del que formar parte supone arriesgar toda una carrera política. Los dos años de legislatura que restan amenazan con situar a los consejeros ante la complicada perspectiva de adoptar las decisiones que consideran necesarias a riesgo de chocar incluso con su propio secretario general. Nada más difícil para un ejecutivo que mantener la marcha con un Parlamento en el que cada comparecencia puede convertirse en una emboscada y sin la garantía de encontrar refugio en sus propias filas. Una prueba definitoria de la capacidad de un Consejo de Gobierno en un momento en el que la región necesita de quienes estén dispuestos a salir a la descubierta aún a riesgo de resultar quemados por el sol de la política asturiana.