El espíritu de Barcelona no son los pitos

Cabía esperar abucheos en la manifestación de Barcelona contra el terrorismo. Se hizo mucho para que los hubiera. El empeño en distinguir los uniformes de quienes están dispuestos a jugarse la vida para garantizar nuestra seguridad, la pugna entre administraciones por tener la última palabra sobre la investigación, la decisión de relegar a un segundo plano a los representantes institucionales y el interés por degradar el valor de la unidad a la categoría de un simple analgésico frente al dolor hacían presagiar que algunos no desaprovecharían la ocasión de hacerse oír. En la jornada previa, el presidente de Cataluña se olvidó de la importancia de la manifestación para centrarse en reivindicar ante la comunidad internacional su capacidad de autogestión ante la tragedia. Después de una semana de encontronazos, Mariano Rajoy se vio forzado a ensalzar la coordinación y el entendimiento entre administraciones para conjurar el riesgo de ofrecer al mundo una imagen de desunión. El Rey y el presidente del Gobierno podían contar con los pitos, las esteladas y las pancartas. Su decisión de sumarse a la marcha a sabiendas de lo que podía encontrarse redobla la importancia de su presencia en una jornada histórica, en la que una multitud salió a la calle para gritar «no tinc por». Era la marcha de todos, independentistas o no, de la izquierda y la derecha, de los españoles y los extranjeros, creyentes o ateos, de cualquiera cuyo credo defienda la paz frente a la barbarie. El gran error de las instituciones hubiera sido no entenderlo así y aceptar las reglas de quienes pretendieron convertirla en un acto con invitación.
Mayor equivocación supondría permitir que el clamor frente al terrorismo quedase acallado por los gritos de quienes han intentado aprovechar la atención del mundo para lanzar su campaña política. Tan peligroso como cerrar los ojos ante el discurso de la intolerancia y la islamofobia que también se ha atrevido a asomar sus colmillos tras el atentado de las Ramblas. Unos y otros con la misma intención: utilizar nuestra consternación en su beneficio. Entrar en el perverso juego de quienes buscan sacar partido del dolor sería tanto como conceder una victoria a los terroristas, asumir que la dureza de sus golpes es capaz de condicionar nuestras acciones y alterar nuestros principios. Decenas de miles de personas se concentraron en la plaza de Catalunya para recordar a las víctimas de la sinrazón, reivindicar una sociedad libre frente a quienes matan en nombre de un dios al que manipulan y proclamar el carácter cosmopolita, abierto e integrador de una ciudad y de un país dispuestos a defenderse con las normas que sus ciudadanos deciden darse frente a la ley de las balas.
Ante esta amenaza, reducir la concentración de Barcelona a los gritos de unos pocos o menoscabar su trascendencia a una suerte de terapia colectiva resulta tan estúpido y estéril como reducir nuestra estrategia de seguridad frente al terrorismo a contar bolardos o debatir sobre la valía de los uniformes. Peor aún, supone olvidarnos de unas víctimas a las que deberíamos rendir el homenaje que merecen, que no es otro que salvaguardar cada día la libertad que intentaron arrebatarnos con su muerte. Ese es el espíritu de Barcelona por mucho que algunos hayan querido hacer de él otra cosa.

El grito de Barcelona

Luchamos en una guerra en la que nuestro enemigo es un kamikaze casi sin edad para tener el carné de conducir. La Policía cree que un joven de origen marroquí, que hablaba catalán y nunca había mostrado interés por la religión, fue quien enfiló Las Ramblas a toda velocidad en una furgoneta con la que fue cazando a los transeúntes. Zigzagueando para teñir de sangre la calle que Lorca llamó la más alegre del mundo, «la única donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año». El asesino formaba parte de una célula yihadista cuyos integrantes apenas tenían suficientes años para pensar que su vida había comenzado, pero dispuestos a inmolarse para alcanzar un inexistente paraíso de néctares y huríes. Un grupo de adolescentes que en pocos meses pasaron de darle patadas a un balón en la escuela de fútbol sala de su pueblo a pedir el exterminio de todos los infieles. Un proceso de radicalización exprés en el que resulta improbable que tuvieran tiempo de leerse las enseñanzas de un libro que pervierten.
Los servicios de inteligencia de Marruecos calculan que el autoproclamado Estado Islámico cuenta en sus filas con al menos dos mil jóvenes crecidos en Europa. Terroristas que no conocen de la tierra natal que añoran más que la insidiosa propaganda que reciben, muchos de ellos sin antecedentes y entrenados para burlar a los servicios de inteligencia. No necesitan casi nada para matar porque no les importa morir. Un coche o una navaja les sirven como armas, sin renunciar a proyectos más ambiciosos con materiales explosivos, cuya utilización aprenden en el lado más oscuro de internet. Los responsables de la investigación creen que la célula de Ripoll preparaba la mayor masacre terrorista cometida en Europa. Su plan incluía ataques con furgonetas bomba, atropellos y apuñalamientos. La explosión de las bombonas de gas que manipulaban en un piso de Alcanar les llevó a actuar a la desesperada, antes de que la policía pudiera interrrogar al herido encontrado entre los escombros de la vivienda. Dos vehículos alquilados, un puñado de armas blancas y unos falsos cinturones bomba les alcanzaron para recordarnos que la barbarie no firma treguas.
Ninguna respuesta mejor que el clamor espontáneo de quienes se concentraron en Barcelona apenas unas horas después de la masacre. «No tenemos miedo». Un grito unánime con el que miles de ciudadanos expresaron no la valentía individual que muchos también demostraron en los momentos posteriores a los atentados, sino la determinación de un país dispuesto a luchar por sus creencias. Una reacción que brotó de nuestra identidad y que superó las opiniones impulsivas y estériles alimentadas al calor del desahogo: polémicas sobre bolardos teñidas de ideología, controversias sobre vídeos que ningún periódico aceptó publicar pero que muchos individuos estaban interesados en difundir, discusiones respecto al empleo del catalán en las ruedas de prensa o análisis a conveniencia de las consecuencias políticas de la sangre derramada por los terroristas. Debates acallados por un grito surgido de todo aquello por lo que merece la pena vivir frente a quienes solo tienen la muerte como argumentación; que nos recuerda la necesidad de vencer a quienes intentan conducirnos, por el camino de la sangre, hacia la duda y el enfrentamiento; capaz de hacernos sentir que más allá de la disparidad de opiniones que nos permite nuestra libertad, hemos construido una sociedad en la que podemos gritar nuestros principios bien alto y unidos. Ese es el primer paso que da una democracia cuando se ve obligada a defenderse. No paremos. Volvamos a caminar por Las Ramblas.