POPULISMO

Se ha muerto Leonard Cohen, el poeta que cantó casi en un susurro que todo el mundo sabía lo podrido que estaba el sistema. Lega a quien los quiera escuchar sus versos más cáusticos para recordarnos que el viejo código occidental amenaza con romperse. Su profunda voz de profeta irreverente y libre se apagó mientras media humanidad espera, pasmada e inquieta, a que Donald Trump se repantigue en el sillón reservado al hombre más poderoso del mundo. Al nuevo presidente norteamericano se le ha tachado de todo. Machista, xenófobo, racista, intolerante, imprudente, peligroso… Y casi todo se lo han llamado con motivo, aunque bastantes de quienes lo hicieron se arrepienten de ello tanto como de la confianza que depositaron en las encuestas que preveían una solvente victoria de Hillary Clinton. La elección de Trump ha supuesto, concluyen los mismos analistas que dieron por descontada su derrota, el triunfo de un radicalismo político de imprevisibles consecuencias. Muchos han encontrado buena parte de la explicación en las singularidades de una nación que se siente imperio, en los temores y prejuicios de una clase media, blanca, devota y rural venida a menos en la que el discurso superficial y escandaloso del candidato republicano se propagó como un virus. Otros señalan los errores de su rival en la carrera hacia la Casa Blanca: su excesiva frialdad, su apego al poder y su incapacidad para movilizar el voto de las inmensas minorías que confiaron en Obama. Parece que las pocas ganas de los electores de devolver al Despacho Oval a otro de los clanes del ‘establishment’ tampoco ayudaron a Hillary.
La Europa de la vieja democracia ha recibido a Donald Trump con indisimulada preocupación y cierta simpleza, expresada en un lamento por el éxito del populismo. La mirada europea denota incluso lástima porque el patriótico y simplón americano medio, tan alejado del ideal que nos ofrece Hollywood, se haya visto deslumbrado por las promesas grandilocuentes de un político esculpido en un concurso de talentos. La Real Academia Española define el populismo como la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares, utilizada habitualmente en sentido despectivo. Una descripción escueta de un término que ningún político quiere para sí, que todos desprecian en público y temen en privado. «Consiste en ofrecer una explicación sencilla, demagógica e imposible de llevar a cabo a problemas complejos». Con matices, esta es la explicación que los principales partidos españoles emplean con reiteración para una palabra que en nuestro país se ha convertido en un arma blanca en las tertulias. Alertan de su peligroso reverso totalitario. Tienen razón. Quien desea el poder tanto como para engañar a sus compatriotas no se para en principios ni se detiene por una guerra para conseguirlo. Sobran ejemplos. Tal vez por eso, la mayor parte de los europeos piensan que en el caso de Trump estaría bien por una vez que un presidente hiciera lo acostumbrado, incumplir su programa electoral, o que los mecanismos de salvaguarda de la democracia actuasen en legítima defensa. Queda confiar en la capacidad de nuestros políticos para aprender de sus errores. Los salvapatrias aparecen cuando la razón se ausenta, la decepción arraiga y quienes deben solucionar los problemas viven tan ajenos a ellos que nada de lo que dicen importa a los ciudadanos. Llegados a ese punto, los votantes pueden conformarse con alguien que al menos parezca compartir sus preocupaciones. Aunque hable a gritos, resulte detestable y ofrezca salidas tan ridículas como inmorales. Quienes abrieron la puerta a nuestros peores miedos señalan ahora el peligro con el dedo como niños asustados, pero echan la culpa a circunstancias insalvables o a la inmadurez de los electores. Cualquier cosa menos asumir que aquellos a quienes llaman populistas se alimentan de su inmovilismo y su fracaso.