AL CALOR DE LA POLÍTICA ASTURIANA

La ola de calor sin tregua que agosta la política regional se ha llevado por delante a la consejera de Infraestructuras. Belén Fernández, cansada de padecer sofocos parlamentarios, sintiéndose maltratada por la oposición y desamparada por los suyos, ha tirado la toalla. Deja su puesto asfixiada por la situación límite de Sogepsa, el parón de la Zalia, el bloqueo político del área central y su reprobación por la ineficacia de sus medidas frente a la contaminación. Tan distanciada de los ecologistas como de las empresas, su perfil de gestora eficaz se ha derretido ante la previsión de las altas presiones que se pronostican para el Ejecutivo asturiano en los dos años que restan de mandato. Su fatiga llegó al punto de que el consejero de Presidencia, Guillermo Martínez, se vio obligado a sostener el escudo de su defensa en la Junta. Tampoco acudió la consejera a la cita con Íñigo de la Serna en Gijón. Belén Fernández prefirió no aparecer en la foto del anuncio ministerial de quinientos millones de inversión para el plan de vías de la ciudad y se evitó responder al órdago del Gobierno central en la tesitura de mantener su rechazo al proyecto pese a las mínimas exigencias de gasto para el Principado. Su decisión ya estaba tomada. Aunque muchos dentro y fuera del PSOE no lograban explicarse que Javier Fernández no hubiera aprovechado la marcha del titular de Industria un mes antes para rediseñar el Gobierno sin su consejera más impopular, esta muestra de confianza no fue suficiente para que Belén Fernández repensara su marcha.
Fernando Lastra, el diputado más veterano de la Junta, afronta la tarea de apagar los muchos incendios que hereda con la experiencia de 34 años de carrera política. Javier Fernández incorpora a la defensa del Gobierno a su mariscal de campo parlamentario. Nada de experimentos. Fidelidad más que demostrada en la batalla contra el ‘sanchismo’, en la que Lastra sostuvo la bandera de la actual ejecutiva de la Federación Socialista Asturiana incluso después de que su líder se retirara del congreso. Los partidarios de Javier Fernández esperan el avance de Pedro Sánchez a la conquista de un territorio político en el que el nuevo líder socialista se siente respaldado por la mayoría de la militancia tras las primarias. Una nueva generación está dispuesta no solo a asumir el control del PSOE asturiano, sino a exigir otras formas de hacer en un partido que consideran alejado de la ciudadanía. La llegada de Fernando Lastra suma al Ejecutivo a un consejero que ha fijado la doctrina socialista en todos los asuntos de importancia de la política asturiana de las últimas décadas, a un negociador rocoso y a un carácter que no rehúye de la refriega. Sus virtudes como látigo del PSOE en el parlamento, el temor de sus adversarios y la admiración de sus afines, situaron su nombre en las quinielas para todo durante años.
La izquierda, a quien Javier Fernández ofrecía un pacto apenas un par de horas antes de anunciar el relevo en la consejería, y la derecha, que ve en la dimisión de la consejera un triunfo político, coinciden en que el presidente asturiano ha optado por encastillarse junto a sus incondicionales. Huir de las probaturas tiene su lógica. Se necesita lealtad para permanecer en un gobierno del que formar parte supone arriesgar toda una carrera política. Los dos años de legislatura que restan amenazan con situar a los consejeros ante la complicada perspectiva de adoptar las decisiones que consideran necesarias a riesgo de chocar incluso con su propio secretario general. Nada más difícil para un ejecutivo que mantener la marcha con un Parlamento en el que cada comparecencia puede convertirse en una emboscada y sin la garantía de encontrar refugio en sus propias filas. Una prueba definitoria de la capacidad de un Consejo de Gobierno en un momento en el que la región necesita de quienes estén dispuestos a salir a la descubierta aún a riesgo de resultar quemados por el sol de la política asturiana.

LAS DECISIONES DEL MINISTRO

El ministro de Fomento ha reconocido que el AVE no cruzará Pajares hasta 2021. Lo dijo en León al presentar la solución al fondo de saco en el que los asturianos viajamos 25 minutos hacia ninguna parte. Íñigo de la Serna espera poner fin a este sinsentido a finales de 2018. La prometida reducción de hora y media en el trayecto entre Gijón y Madrid aún tardará tres años más. Los trenes del siglo XXI llegarán a Asturias con dos décadas de retraso. Al ministro le han llovido las críticas desde el Principado. El Gobierno regional ha calificado de «revés mayúsculo» el nuevo calendario, Ciudadanos considera un «despropósito» una fecha que deja en papel mojado su acuerdo de investidura, Podemos opina que el Ejecutivo ha perdido «la legitimidad para hablar de plazos» y desde Izquierda Unida se ha pedido la declaración del titular de Fomento como «persona ‘non grata’». Unas reacciones que el ministro podía intuir. Aunque lleve 227 días en el cargo, De la Serna sabe que le toca recoger los platos rotos de una década de adjudicaciones deficientes, escasos presupuestos, proyectos indeterminados e infinidad de excusas. La ventaja del túnel para quienes le antecedieron fue que la oscuridad del trazado bajo tierra ocultó durante años una obra prácticamente paralizada. Solo el inexplicable tiempo consumido acabó por sacar a la luz la cruda realidad con la que le ha tocado lidiar.
De la Serna ha fijado la sexta fecha comprometida desde el Gobierno central para completar la variante. Sostiene que poner plazo a cada tarea pendiente es la mejor manera de garantizar el control de los trabajos y apela al pragmatismo. Por el momento, ha mandado a la papelera el proyecto del nuevo trazado entre Pola de Lena y Gijón. Está convencido de que las variantes que permitirían ahorrar unos pocos minutos más no justifican un gasto colosal y un irreparable impacto en el medio ambiente. Prefiere mejorar el tendido actual, adecuar las vías a los nuevos trenes y reducir las limitaciones de velocidad. Algo que se podía haber decidido antes y que la lógica parecía dictar, pero que nadie en su puesto se había atrevido a decir. Lo asumible de este planteamiento se ha notado en las pocas críticas que ha recibido de los políticos asturianos a pesar de dar carpetazo a una obra de 1.600 millones. En lo único que todos los partidos están de acuerdo es que lo realmente importante es finalizar la variante. Guste más o menos, el nuevo ministro ya tiene su propia hoja de ruta, marcada por el acuerdo presupuestario con Foro Asturias. Su responsabilidad será cumplir lo que ahora ha prometido otorgándose un margen de tiempo que agota la legislatura.
Aún le queda una gran decisión por anunciar: concretar su propuesta para evitar que el AVE llegue a la estación prefabricada de Gijón, una solución provisional que va camino de eternizarse. Íñigo de la Serna visitará la ciudad en breve para presentar su alternativa a un plan de vías concebido tan al calor de la burbuja inmobiliaria que de momento solo ha permitido acondicionar un parque a medias. La alcaldesa de Gijón le reclama compromisos concretos, como los asumidos «en su periplo por varias ciudades del Mediterráneo, el País Vasco y Santander». Carmen Moriyón está convencida de que si su partido no hace valer el acuerdo alcanzado con el Partido Popular, Gijón puede dar por perdida la estación que necesita. Tras su última reunión sobre el asunto, el ministro señaló estar sorprendido de que tras una década de debate los partidos aún no se hubieran puesto de acuerdo sobre la ubicación de la terminal. El Principado, socio del ministerio en el organismo que gestiona el proyecto, reniega del pacto suscrito por Fomento y la alcaldesa para llevar la estación junto al Museo del Ferrocarril. En el Pleno del Ayuntamiento de Gijón, los partidos de izquierda también sumaron sus votos para rechazar el traslado. El ministro tiene ante sí diversas opciones: esperar un consenso imposible, plantear el enésimo informe sobre la ubicación o apostar por su propia solución y aprobar la inversión que la haga factible sin condicionar su desarrollo a una quimérica operación urbanística ni a presupuestos que otras administraciones no están dispuestas a aportar. De todas ellas, solo una garantiza que Gijón tenga una estación al menos digna a la que poner un plazo creíble. Resulta tan evidente cuál es la única decisión plausible que no necesita explicaciones.

VILLA Y EL ESTADO DE DECEPCIÓN

El espectro de José Ángel Fernández Villa regresa al Parlamento con cada paso de la Justicia contra quien fue el hombre más poderoso del sindicalismo asturiano. Han pasado tres años desde que la Fiscalía Anticorrupción inició la investigación sobre la fortuna oculta del ex secretario general del SOMA, copado ahora por dos procesos judiciales, el que le acerca al banquillo de los acusados por meterse en el bolsillo el dinero destinado a pagar las obras del geriátrico del Montepío de la Minería Asturiana y el abierto a instancias de la organización que lideró durante más de tres décadas por utilizar la tarjeta de crédito del sindicato como si fuera la suya propia. Y cada vez que los jueces mueven un papel, el ruido del escándalo alcanza al Parlamento como el eco de un terremoto. Los partidos de la oposición miran a la bancada del Gobierno y recuerdan al presidente que el hombre que ahora visita los juzgados del brazo de su esposa, su hija y su procuradora presumía de ejercer el poder absoluto en el PSOE y dominar la política asturiana sin salir de Sama. En cada respuesta, el jefe del Ejecutivo insiste en que nunca ha negado su relación personal con Villa; también que no dejó pasar ni veinticuatro horas para expulsarlo del PSOE. Javier Fernández asegura que siente la tranquilidad de vivir sin temor «a lo que sepan ni a lo que digan los corrompidos». Dice no temer las «salpicaduras» que los partidos quieran lanzar sobre él porque «la contundencia y la rapidez» con la que los socialistas pusieron a su referente histórico de patitas en la calle «fortalecen mucho el alma para venir aquí y presentarme ante esta especie de comité de salud pública con un grupo de incorruptibles presidido por el Robespierre de bolsillo». Así están las cosas de la política asturiana, que encuentra sus metáforas en el reinado del terror de la revolución francesa.
La tranquilidad de espíritu de nuestros políticos nos interesa en lo que atañe a su honestidad y al buen gobierno. Su propensión a derivar el debate hacia la funesta tendencia jacobina de guillotinar al adversario puede resultarnos inquietante. Pero lo que más debería preocuparnos es recuperar el dinero de todos que acabó en casa de unos pocos. Las administraciones públicas y los sindicatos pactaron invertir seis mil millones en las cuencas para compensar el declive de los pozos de carbón. Su distribución la aprobaron el Gobierno central y los sindicatos, en facilitar que se gastaran colaboraron el Principado y los ayuntamientos, y a aportar ideas se sumó casi cualquiera que fuera escuchado por quien mandaba. Y José Ángel Fernández Villa mandaba mucho en casi todo. Sin su consentimiento nunca se hubiera construido una autovía, la minera, tan deprisa que se olvidaron los enlaces, añadidos luego; ni se habrían asentado en las cuencas un buen número de empresas, la mayoría cerradas en los últimos años. Imposible sin su beneplácito adecentar parques por decenas, asfaltar caleyas por kilómetros o edificar un campus antes de decidir qué estudios se impartirían. Ni mucho menos, se habría construido en unos terrenos alejados de los principales núcleos de población una residencia para la tercera edad con pretensiones palaciegas que costó 32,5 millones. Nada de eso se hizo sin el permiso y la tutela de José Ángel Fernández Villa. Pero tampoco sin la aquiescencia de quienes debían controlar el adecuado gasto del dinero público. Cerrada la cuantía de los fondos para apaciguar al belicoso líder hullero, poco se discutió de los proyectos a los que se destinaba, menos aún del riguroso control con el que deberían haberse tutelado unos fondos de los que dependía el futuro de unas comarcas condenadas. El presidente del Principado ha reconocido que una de sus mayores preocupaciones es la «decepción» que en el sindicalismo asturiano y en las filas socialistas ha causado afrontar que el hombre que sometía a todos a la romana de su moral guardaba en su casa 1,2 millones de origen injustificado. La desilusión alcanza más allá; a muchos en Asturias que ahora comparten con Villa la convicción de que el único buen negocio posible en las cuencas es un geriátrico.

NUEVO LÍDER PARA EL PSOE ASTURIANO

Podría haberse ahorrado completar la explicación. En la frecuente hipocresía partidista, a nadie le habría sorprendido que Javier Fernández se hubiese parapetado en su prolongado mandato y en su deseo de abrir paso a una nueva etapa como únicos argumentos para no optar a la reelección. Un par de tópicos suficientes para recibir el aplauso de sus incondicionales, pero lejos de la altura política del secretario general que durante diecisiete años evitó con pulso firme las disputas internas en el socialismo asturiano. Dijo sí, que su decisión estaba tomada antes de las primarias, pero reconoció que la victoria de Pedro Sánchez «la ratificó». Su experiencia, que le llevó a intuir el triunfo del ‘sanchismo’ frente a una candidata que limitó su campaña a recorrer la Península bajo el palio de los barones, le alcanza de sobra para evitar el error de aferrarse al cargo frente a la opinión de la militancia. Sus propios partidarios presentaron las primarias en Asturias como un plebiscito del respaldo con el que aún contaba. Visto el resultado, Javier Fernández no ha querido refugiarse en la excusa de que no era su continuidad lo que se decidía. Se reconoce entre los perdedores y ha asumido su responsabilidad. Una decisión que le evita aparecer como un escollo y le permite demandar a quien ha ganado la «sintonía» necesaria para gobernar «sin interferencias». Situándose al margen de la batalla por la Secretaría General, no solo intenta ahorrarse una nueva derrota de la que incluso quienes le apoyan están casi convencidos, sino salvaguardar su Gobierno de un pulso en el que los socialistas asturianos necesitarán mucha generosidad y altura de miras para no caer en la tentación de cobrarse las afrentas infligidas durante una campaña en la que muchos, aunque en público dijesen lo contrario, se prometieron no dar cuartelillo al derrotado.
De la capacidad del PSOE asturiano para encontrar un líder que restañe las heridas y recupere la unidad dependerá mucho la acción de un Gobierno en minoría cuyos aciertos y errores serán el principal bagaje de los socialistas en la próxima campaña electoral. El Ejecutivo no lo tendrá fácil en un Parlamento donde todos están dispuestos a aprovechar su debilidad para sacar rédito. Al menos, en el Consejo de Gobierno sí parece garantizada la unanimidad tras la marcha del único consejero que no apoyó a Susana Díaz. Hace tiempo que Francisco Blanco tenía razones para sentirse de prestado en su despacho de la Consejería de Industria. La evidente crítica que supuso su alusión a ‘Julio César’ tras el derrocamiento de Pedro Sánchez hizo que el debate sobre su continuidad se centrase en la fecha. Tampoco él se sentía cómodo obligado a aceptar decisiones, políticas y presupuestos que no compartía. Tan evidentes fueron sus discrepancias en determinados casos, que algunos de sus compañeros recibieron su dimisión con alivio y el portavoz socialista en el Parlamento, Fernando Lastra, llegó aún más lejos que él mismo al dar por acabada su carrera política, aunque luego matizó sus palabras. Dos días después, ambos se sentaban juntos en la reunión de la Ejecutiva regional del PSOE en la que Javier Fernández abría la puerta a un nuevo liderazgo. El PSOE se divide ahora en Asturias entre los que esperan para entrar en la sede de la FSA, quienes buscan la manera de evitar el desalojo y algún otro que intenta recomponer su figura tras equivocar su apuesta. Con todo ello deberá lidiar la persona de quien Javier Fernández espera que «consiga la concordia» en un partido fracturado. Una tarea similar a la que él mismo tuvo que afrontar cuando llegó a la Secretaría General, pero que tendrá para su sucesor dificultades añadidas, con la irrupción de nuevas siglas y maneras de hacer política que amenazan la hegemonía de las siglas que gobiernan en el Principado y en la mayor parte de los concejos. Del acierto de los socialistas asturianos en encontrar ese nuevo liderazgo, dependerá el futuro de su partido. Y también, en la medida de la confianza que les entreguen las urnas, el de Asturias.

MOAB

En una semana, Donald Trump ha bombardeado Siria, enviado uno de sus portaaviones rumbo a la península de Corea y sepultado a casi un centenar de talibanes en Afganistán con la mayor bomba no nuclear de su arsenal. Ha sido su particular interpretación de ‘Primera victoria’. En el tedioso culebrón bélico de Otto Preminger el único héroe que no muere acaba mutilado, pero todo sacrificio es poco con tal de zurrar al enemigo y elevar el espíritu patriótico. Con idéntica pretensión, el emperador de Occidente ha incorporado a la tragedia cotidiana un nuevo acrónimo: MOAB. El presidente norteamericano ha tardado menos de tres meses en echar mano de ‘la madre de todas las bombas’, el aterrador proyectil que Estados Unidos construyó hace catorce años, pero que aún no se había atrevido a emplear. La bomba, concebida para arrasar túneles subterráneos, tiene una capacidad de destrucción similar a la de una cabeza nuclear. Sus más de ocho toneladas de explosivo vaporizan cualquier ser vivo en casi dos kilómetros a la redonda, pero ahorran la contaminación y las explicaciones de la energía atómica. El mandatario estadounidense ha calificado el ataque con la mayor bomba lanzada desde Hiroshima y Nagasaki como «un nuevo éxito» del ejército estadounidense. Lo que el expresidente afgano Hamil Karzai condena como «el uso brutal e inhumano» del territorio de su país como laboratorio de pruebas del nuevo armamento, ha supuesto para la Casa Blanca la conclusión de que la nueva política de «machacar a los terroristas» ofrece mejores resultados que la timorata táctica de Barack Obama, que el año pasado lanzó 1.300 bombas en Afganistán sin lograr ni la mitad de repercusión que Trump con una sola detonación.
Los analistas aseguran que las letales bravuconadas ordenadas desde el despacho oval pretenden enviar un mensaje rotundo a la comunidad internacional: Estados Unidos es la potencia hegemónica por mucho que Rusia intente mover sus piezas en el tablero geopolítico o Corea del Norte haga desfilar sus armas nucleares. Donald Trump ha defendido ufano sus decisiones. En su justificación del ataque de represalia en Siria por el uso de armamento químico confundió a este país con Irak y alardeó de haber autorizado el bombardeo mientras cenaba con Xi Jinping. En el postre, frente al pastel de chocolate «más hermoso que hayas visto», comunicó al líder chino que todos los proyectiles habían dado en el blanco. Pocos guionistas de Hollywood se habrían atrevido a tanta frivolidad. El hecho es que Donald Trump ha insuflado energía a su depauperado índice de apoyo, el más bajo de un presidente norteamericano en el inicio de su mandato. Aunque tomó posesión bajo el eslogan de ‘América primero’, ha tardado poco en aprovechar que nada une tanto como el enemigo. Siempre que el antagonista sea el Estado Islámico o un dictador que utiliza gas nervioso contra la población civil, pocos mandatarios internacionales se atreverán a alzar la voz. Mientras las bajas sean en el otro bando, su popularidad en las encuestas aumentará.
Lo que aún no se ha molestado en explicar el comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta es si su estrategia se limita a las operaciones militares de alto impacto en la opinión pública. La construcción de un orden internacional exige mucho más que escuadrillas de bombarderos. Aunque el presidente norteamericano considera estúpidos a casi todos sus antecesores, cabe suponer que más de uno habría estado dispuesto a lanzar unas cuantas bombas con tal de acabar con el terrorismo. Si Donald Trump no es capaz de diseñar una política exterior más allá de apretar el botón del Pentágono para despachurrar al enemigo, el único camino que le quedará a la diplomacia será el que lleva a una edad de piedra con misiles.

PARAMNESIA

Si usted ha finalizado la semana con síntomas de paramnesia no se alarme. Tal vez ha prestado demasiada atención a los políticos asturianos. Las reuniones de los grupos parlamentarios en busca de un acuerdo presupuestario han servido para reafirmar posturas, confirmar desencuentros y repetir fotografías. Esto es, para casi nada. El PSOE mantiene que su prioridad es un pacto de izquierdas, aunque solo con IU ha logrado algún avance que la aritmética hace inútil. De poco han servido por el momento las apelaciones al diálogo de Gaspar Llamazares, el esfuerzo de Cristina Coto por presentar un documento alternativo o la paciencia de Nicanor García, que soportó una hora de plantón a la espera de que los socialistas finalizasen una reunión previa. Al Gobierno regional solo le salen las cuentas con los votos de Podemos o el PP. Pero los encuentros del PSOE con el partido morado han terminado con la recíproca impresión de que cuanto mejor se conocen más se detestan. Tanto, que el portavoz del Gobierno, Guillermo Martínez, llegó a pedir a quienes su formación intenta cortejar como socio preferente que abandonen «el teatrillo» y las excusas. Desde las antípodas, Emilio León desgranó el viernes las muchas diferencias que impiden avanzar hacia el acuerdo: el rechazo del Ejecutivo a una reforma fiscal que incluya el IRPF y Patrimonio, su actitud contraria a modificar el gasto, la negativa a bajar el sueldo de los altos cargos… Los principales partidos de la izquierda asturiana están más preocupados por endilgarse la culpa del fracaso de las negociaciones que por explicar sus propuestas. El pulso que mantienen no admite treguas. El partido de Pablo Iglesias ve ante sí la oportunidad para tomar nuevas posiciones mientras el PSOE busca un nuevo liderazgo e intenta restañar las heridas de una batalla interna en la que continúan las escaramuzas.
Con una izquierda al borde del guantazo en el Parlamento asturiano, no es de extrañar que la presidenta del PP acuda tan sonriente a las reuniones en las que se negocia el presupuesto. Mercedes Fernández no anda falta de problemas en su propio partido, pero en lo que se refiere a las cuentas regionales lo tiene fácil. Nadie en Génova le reprochará que rebaje la presión sobre un presidente regional con quien Mariano Rajoy tendrá bastante que hablar en los próximos meses. Y facilitar la aprobación del presupuesto casa bien con el discurso de estabilidad que el líder de los populares ha dictado como base filosófica para conservar los votos de la derecha. No hay parlamentario en la Junta General que dude de que el PP está dispuesto a rebajar sus pretensiones a casi nada para dar su voto. Los populares han sido muy claros: «Asturias está mejor con presupuesto que sin él». Pero el PSOE intuye una emboscada en el puente de plata que le ofrecen para vadear la prórroga presupuestaria. En Madrid se aprecian mal los matices de la política asturiana. Poco tardarían en el Congreso de los Diputados en acusar al presidente de la gestora socialista de haberse cobrado parte de la deuda de la investidura. Hace semanas el PSOE asturiano asumió que finalmente deberá elegir entre lo malo y lo peor para sus intereses, entre gobernar asfixiado por un presupuesto extemporáneo o sufrir el desgaste de utilizar al PP como muleta. Un dilema tan peligroso para su cálculo electoral como injusto si los intereses de los asturianos quedan al margen de sus cavilaciones. Sobre todo, después de tanto escuchar a los consejeros del Gobierno asturiano repetir durante semanas que casi todo lo que esta región puede esperar de ellos depende de la aprobación del presupuesto.

LA DICOTOMÍA ASTURIANA

Asturias es propensa al desánimo. Sus razones tiene. Los asturianos han sido vapuleados lo suficiente como para hacer comprensible su tendencia a un desencanto tan inclinado a la ironía como al lamento. En esta frustración enraíza el discurso político de que poco más se puede hacer que culpar a otros o al empedrado. Existe una Asturias tópica, ocupada en administrarse vergajazos, con querencia a pararse a discutir en las encrucijadas, donde algunos se sienten cómodos porque creen que la inacción les beneficia. Su negocio, al fin y al cabo, ya está hecho. También hay otra Asturias consciente de que no puede permitirse el lujo de desperdiciar sus oportunidades en debates etéreos ni está dispuesta a mantener la única esperanza de que la rotación de la Tierra mute en su beneficio. Ambas conviven en el territorio de una región donde los partidos aún están a tiempo de reivindicar unidos la variante de Pajares en lugar de buscar excusas y especular con los beneficios electorales de su retraso. Algo deberían hacer antes de que la movilización ciudadana deje en evidencia la desganada actuación de muchos políticos durante los últimos quince años por más que la crisis sirviera de excusa. El innegable riesgo de viajar al futuro en el vagón de segunda clase ha llevado a los partidos asturianos, los sindicatos y los empresarios a una esperanzadora reclamación ante Fomento. Una excepcional unanimidad en el debate político regional, ocupado con demasiada frecuencia en buscar coartadas para las decisiones tomadas en Madrid por quienes poco entienden la acuciante necesidad de mejorar las comunicaciones ferroviarias en la región. Al fin y al cabo, cuando vengan será en un vuelo que pagarán en parte quienes siguen esperando a que se construya el AVE.
La Asturias que se niega a aceptar la decepción como su estado natural lo tiene difícil. Quienes pretenden cosechar los réditos del inmovilismo no son la mayoría, pero hacen mucho para que nada cambie. Tan perjudiciales como aquellos que aspiran a construir nuevos muros con el hormigón del sectarismo. La inercia del fracaso no es tan inexorable pese a los vaticinios de los agoreros. Los grupos municipales de Gijón tienen una buena ocasión de demostrarlo con la negociación de un plan urbanístico capaz de superar los tabús ideológicos para cimentar el crecimiento de la ciudad. Sin agraviar una vez más a la zona rural ni condenar a los gijoneses a un parón urbanístico en el que solo los especuladores podrían sentirse cómodos. El acuerdo de cinco de los seis partidos de la Corporación para la aprobación inicial devolvió la esperanza a quienes están convencidos de que los intereses generales se defienden mejor desde la razón que con la aplicación de los encorsetados clichés de las siglas.
En Oviedo, el debate presupuestario también demostrará si una decisión cargada de prejuicios puede ocultar, una vez más, la crudeza de la realidad. Pese a lo mucho que deberían decir las cuentas sobre las aspiraciones de la capital asturiana para los próximos años, el debate se ha centrado en los tijeretazos que la Concejalía de Cultura ha dispensado a algunas instituciones. Un recorte que nada ayudará a levantar la losa de casi 33 millones de deuda heredada del despropósito de Villa Magdalena, pero facilitará las cosas a quienes se sienten más cómodos en el protagonismo de la polémica que en el trabajo de construir un nuevo modelo de ciudad. Otra prueba, una más, para la dicotomía asturiana.

POPULISMO

Se ha muerto Leonard Cohen, el poeta que cantó casi en un susurro que todo el mundo sabía lo podrido que estaba el sistema. Lega a quien los quiera escuchar sus versos más cáusticos para recordarnos que el viejo código occidental amenaza con romperse. Su profunda voz de profeta irreverente y libre se apagó mientras media humanidad espera, pasmada e inquieta, a que Donald Trump se repantigue en el sillón reservado al hombre más poderoso del mundo. Al nuevo presidente norteamericano se le ha tachado de todo. Machista, xenófobo, racista, intolerante, imprudente, peligroso… Y casi todo se lo han llamado con motivo, aunque bastantes de quienes lo hicieron se arrepienten de ello tanto como de la confianza que depositaron en las encuestas que preveían una solvente victoria de Hillary Clinton. La elección de Trump ha supuesto, concluyen los mismos analistas que dieron por descontada su derrota, el triunfo de un radicalismo político de imprevisibles consecuencias. Muchos han encontrado buena parte de la explicación en las singularidades de una nación que se siente imperio, en los temores y prejuicios de una clase media, blanca, devota y rural venida a menos en la que el discurso superficial y escandaloso del candidato republicano se propagó como un virus. Otros señalan los errores de su rival en la carrera hacia la Casa Blanca: su excesiva frialdad, su apego al poder y su incapacidad para movilizar el voto de las inmensas minorías que confiaron en Obama. Parece que las pocas ganas de los electores de devolver al Despacho Oval a otro de los clanes del ‘establishment’ tampoco ayudaron a Hillary.
La Europa de la vieja democracia ha recibido a Donald Trump con indisimulada preocupación y cierta simpleza, expresada en un lamento por el éxito del populismo. La mirada europea denota incluso lástima porque el patriótico y simplón americano medio, tan alejado del ideal que nos ofrece Hollywood, se haya visto deslumbrado por las promesas grandilocuentes de un político esculpido en un concurso de talentos. La Real Academia Española define el populismo como la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares, utilizada habitualmente en sentido despectivo. Una descripción escueta de un término que ningún político quiere para sí, que todos desprecian en público y temen en privado. «Consiste en ofrecer una explicación sencilla, demagógica e imposible de llevar a cabo a problemas complejos». Con matices, esta es la explicación que los principales partidos españoles emplean con reiteración para una palabra que en nuestro país se ha convertido en un arma blanca en las tertulias. Alertan de su peligroso reverso totalitario. Tienen razón. Quien desea el poder tanto como para engañar a sus compatriotas no se para en principios ni se detiene por una guerra para conseguirlo. Sobran ejemplos. Tal vez por eso, la mayor parte de los europeos piensan que en el caso de Trump estaría bien por una vez que un presidente hiciera lo acostumbrado, incumplir su programa electoral, o que los mecanismos de salvaguarda de la democracia actuasen en legítima defensa. Queda confiar en la capacidad de nuestros políticos para aprender de sus errores. Los salvapatrias aparecen cuando la razón se ausenta, la decepción arraiga y quienes deben solucionar los problemas viven tan ajenos a ellos que nada de lo que dicen importa a los ciudadanos. Llegados a ese punto, los votantes pueden conformarse con alguien que al menos parezca compartir sus preocupaciones. Aunque hable a gritos, resulte detestable y ofrezca salidas tan ridículas como inmorales. Quienes abrieron la puerta a nuestros peores miedos señalan ahora el peligro con el dedo como niños asustados, pero echan la culpa a circunstancias insalvables o a la inmadurez de los electores. Cualquier cosa menos asumir que aquellos a quienes llaman populistas se alimentan de su inmovilismo y su fracaso.

SALIR DEL FORTÍN

España tiene Gobierno, al fin. El que cabía esperar por mucho que alguno confundiera sus deseos con la dialéctica de Mariano Rajoy. El nuevo Ejecutivo responde a la lógica de lo predecible en la que el presidente, que en política ha sido casi todo menos revolucionario, ha fundamentado su carrera. Incluso había expresado sus propósitos en el discurso de investidura. El líder del PP proclamó que España necesitaba un Gobierno no solo con urgencia, sino también «previsible». Con la elección de sus ministros ha cumplido su declaración de intenciones. El núcleo duro del gabinete con el que aspira a consolidar la pretendida recuperación continuará con las mismas carteras en sus manos, aunque con algún cambio de papeles. Soraya Sáenz de Santamaría, Luis de Guindos, Cristóbal Montoro y Fátima Báñez tienen clara su principal tarea: mejorar el depauperado nivel de vida de los españoles. Un objetivo tan fácil de señalar como difícil de conseguir. Así que la principal crítica al nuevo Consejo de Ministros ha sido su carácter continuista. Probablemente, Rajoy la asuma incluso con agrado. Los cambios han llegado con la aplicación del manual de estilo del PP, que aconseja prescindir siempre de los ministros más impopulares, integrar las distintas sensibilidades unciendo ambiciones y aprovechar la etapa en el poder para cimentar los futuros liderazgos con la selección natural que conlleva el riesgo de tomar decisiones.
El primer mandato de Rajoy a sus ministros ha sido el de «dialogar y pactar mucho», justo lo que el presidente de la gestora socialista, Javier Fernández, teme que no ocurra. No solo él. Toda la oposición ve con desconfianza un Ejecutivo que considera «muy de partido». En realidad, no dista mucho de lo que la izquierda esperaba, por más que haya encontrado en ello el principal argumento para sus críticas. El hecho es que si el PP desea una legislatura de cierta duración no le quedará más remedio que abandonar el fortín construido con una mayoría de la que ahora carece y salir a explorar el siempre intrincado territorio de los acuerdos. Los tiempos por venir no son para ministros enrocados en la gracia de la audiencia, sino para políticos dispuestos a escuchar incluso antes de mandar sus leyes al Parlamento. Suya será la principal responsabilidad de que el tren de la recuperación no choque contra el muro de la oposición, aunque también conviene recordar que la negociación necesita un interlocutor dispuesto para no resultar baldía.
El cambio de talante necesario para el imprevisible y complejo ciclo con el que deberán bregar los nuevos ministros debería notarse además en la relación con las autonomías que, como Asturias, han visto estancadas sus expectativas primero por la crisis y después por la parálisis institucional de una Administración parapetada en unas funciones de mínimos. En su disposición para afrontar lo mucho que cabe hacer en colaboración con las administraciones regionales y locales pueden encontrar los ministros buena parte del respaldo que necesitan para sus proyectos. Por ello, será bueno que salgan de Madrid con más frecuencia de lo que la mayoría acostumbraban en la pasada legislatura. Algunos tan poco, que recién llegado al Ministerio de Fomento, Íñigo de la Serna ya puede presumir de haber visitado más el Principado por su responsabilidad como alcalde de Santander y presidente de la Federación Española de Municipios que buena parte de sus compañeros de gabinete en los últimos cuatro años. Pero llegan nuevos tiempos. Al menos, eso cabe desear.

ASTURIAS, CON MUCHO QUE ESPERAR

La definitiva sesión de investidura cumplió el aforismo sobre las segundas partes. Cuando el desenlace es previsible y el argumento reiterado, solo los actores pueden salvar una secuela. En el Congreso, ninguno de los protagonistas se salió del guion. Así que la emoción de la trama quedó para el afán por improvisar de los parlamentarios socialistas disconformes con el final escrito por la gestora y el intento de Pedro Sánchez por cambiar el título de la película con su renuncia al acta. Mariano Rajoy, en su papel de presidente, gallego y político avezado, tiró de socarronería y sentido de la distancia para ofrecer diálogo un día, reivindicarse otro, y dejar pasar las réplicas camino de la segunda votación. Pablo Iglesias recurrió a su versión más histriónica para tratar de acercarse a la calle y distanciarse del PSOE. Albert Rivera subió a la tribuna para mostrar sus dotes en la interpretación del delfín esperado por el centroderecha. Y Antonio Hernando, con el tiempo justo para aprenderse sus líneas y sin apenas ensayos, pasó de secundario de lujo a protagonista a regañadientes forzado por las circunstancias. Bastante hizo. Cada uno en su papel, olvidaron que la finalidad de una sesión de investidura es debatir un programa de gobierno antes de apretar el botón para votar. Todos tenían prisa. El PP, por celebrarlo, y el resto por contar los ‘noes’ de la bancada socialista.
Lo sustancial fue un resultado que permite a Rajoy iniciar su segundo mandato. Enhorabuena es lo primero que corresponde decir a un candidato elegido por la cámara que representa a todo un país. Y suerte, porque en su caso más que ninguno debería ser la de los demás. Dos campañas electorales y diez meses en funciones apremian el desempeño del nuevo ejecutivo, del que se espera mucho en Asturias, una región sobre la que Mariano Rajoy ha debido pensar bastante en las últimas semanas. Aunque solo sea por lo pendiente que ha necesitado estar de las idas y venidas del presidente asturiano a Ferraz y del empeño de Foro por recordarle durante esta investidura a dos vueltas el programa electoral firmado por su partido para concurrir en coalición. Y aunque siempre es mejor que un líder se guarde sus cavilaciones, los políticos con experiencia, algo que a Rajoy le sobra, deben sopesar las aspiraciones de quienes representan el poder territorial de su partido al nombrar un nuevo gobierno. El PP asturiano también tiene sus ambiciones y su presidente las conoce.
Más allá de eso, el Principado afronta esta legislatura con abundantes asuntos que exigen ser abordados con urgencia. Hace más de doce años que la Administración central colocó la primera dovela de una variante de Pajares que continúa lastrada más por la falta de presupuesto que por la inestabilidad de las laderas y las filtraciones de agua, por mucho que los problemas técnicos hayan servido de excusa. La regasificadora de El Musel sigue parada mientras en otros lugares de España, algunos no muy lejanos, instalaciones similares han sido puestas en marcha bajo la justificación de una necesidad estratégica. La minería del carbón reclama un futuro que se le ha negado desde Europa y por el que España no ha peleado lo suficiente. La empresa Hunosa, en otros tiempos emblema del sector público y ahora reflejo de su declive, ha iniciado un camino hacia la diversificación, incluso esperanzador, si desde Madrid se confía en ella más que para gestionar prejubilaciones, algo que está por ver. Bajo los terrenos del plan de vías de Gijón, adecentados como parque provisional, discurre un túnel cuyo destino es tan incierto como su estado. El Musel reivindica el papel que le corresponde en las conexiones con el exterior con más empeño que respaldo. Y el acero, que sustenta buena parte de la economía asturiana, necesita mejor defensa de la que ha tenido en los últimos meses.
La crisis ha azotado a todos. Es cierto. Pero los asturianos sienten que ninguna otra autonomía ha visto encallarse tantos asuntos esenciales para su economía. Lo dicho. Nuestra región tiene mucho que esperar del nuevo Gobierno. Desde luego, más que una compensación en reconocimiento al sentido de estado de su presidente autonómico. Por el momento, el PP asturiano ha esbozado su disposición a apoyar unos presupuestos regionales de los que se ha debatido su ideología más que sus partidas. Y poco más. Si el debate que ha permitido la investidura de Rajoy ha marcado, como proclaman sus protagonistas, el inicio de una nueva era en la política española, aquí tienen el mejor lugar para demostrarlo.