MOAB

En una semana, Donald Trump ha bombardeado Siria, enviado uno de sus portaaviones rumbo a la península de Corea y sepultado a casi un centenar de talibanes en Afganistán con la mayor bomba no nuclear de su arsenal. Ha sido su particular interpretación de ‘Primera victoria’. En el tedioso culebrón bélico de Otto Preminger el único héroe que no muere acaba mutilado, pero todo sacrificio es poco con tal de zurrar al enemigo y elevar el espíritu patriótico. Con idéntica pretensión, el emperador de Occidente ha incorporado a la tragedia cotidiana un nuevo acrónimo: MOAB. El presidente norteamericano ha tardado menos de tres meses en echar mano de ‘la madre de todas las bombas’, el aterrador proyectil que Estados Unidos construyó hace catorce años, pero que aún no se había atrevido a emplear. La bomba, concebida para arrasar túneles subterráneos, tiene una capacidad de destrucción similar a la de una cabeza nuclear. Sus más de ocho toneladas de explosivo vaporizan cualquier ser vivo en casi dos kilómetros a la redonda, pero ahorran la contaminación y las explicaciones de la energía atómica. El mandatario estadounidense ha calificado el ataque con la mayor bomba lanzada desde Hiroshima y Nagasaki como «un nuevo éxito» del ejército estadounidense. Lo que el expresidente afgano Hamil Karzai condena como «el uso brutal e inhumano» del territorio de su país como laboratorio de pruebas del nuevo armamento, ha supuesto para la Casa Blanca la conclusión de que la nueva política de «machacar a los terroristas» ofrece mejores resultados que la timorata táctica de Barack Obama, que el año pasado lanzó 1.300 bombas en Afganistán sin lograr ni la mitad de repercusión que Trump con una sola detonación.
Los analistas aseguran que las letales bravuconadas ordenadas desde el despacho oval pretenden enviar un mensaje rotundo a la comunidad internacional: Estados Unidos es la potencia hegemónica por mucho que Rusia intente mover sus piezas en el tablero geopolítico o Corea del Norte haga desfilar sus armas nucleares. Donald Trump ha defendido ufano sus decisiones. En su justificación del ataque de represalia en Siria por el uso de armamento químico confundió a este país con Irak y alardeó de haber autorizado el bombardeo mientras cenaba con Xi Jinping. En el postre, frente al pastel de chocolate «más hermoso que hayas visto», comunicó al líder chino que todos los proyectiles habían dado en el blanco. Pocos guionistas de Hollywood se habrían atrevido a tanta frivolidad. El hecho es que Donald Trump ha insuflado energía a su depauperado índice de apoyo, el más bajo de un presidente norteamericano en el inicio de su mandato. Aunque tomó posesión bajo el eslogan de ‘América primero’, ha tardado poco en aprovechar que nada une tanto como el enemigo. Siempre que el antagonista sea el Estado Islámico o un dictador que utiliza gas nervioso contra la población civil, pocos mandatarios internacionales se atreverán a alzar la voz. Mientras las bajas sean en el otro bando, su popularidad en las encuestas aumentará.
Lo que aún no se ha molestado en explicar el comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta es si su estrategia se limita a las operaciones militares de alto impacto en la opinión pública. La construcción de un orden internacional exige mucho más que escuadrillas de bombarderos. Aunque el presidente norteamericano considera estúpidos a casi todos sus antecesores, cabe suponer que más de uno habría estado dispuesto a lanzar unas cuantas bombas con tal de acabar con el terrorismo. Si Donald Trump no es capaz de diseñar una política exterior más allá de apretar el botón del Pentágono para despachurrar al enemigo, el único camino que le quedará a la diplomacia será el que lleva a una edad de piedra con misiles.

EL MURO DEL MIEDO DE TRUMP

Quienes esperaban que Donald Trump resultara un bravucón ya pueden sentirse decepcionados. El presidente norteamericano no es de esa clase de tipos que echan mano de las baladronadas solo para alcanzar el poder. Un puñado de manifestaciones en su contra ha bastado para demostrar su determinación de gobernar a machote. Los cien días de gracia le han sobrado para firmar la orden ejecutiva con la que ha encargado completar un muro que separe Estados Unidos de México. Aún no ha desvelado si se contentará con las más económicas y marciales concertinas o pretende levantar un más perdurable paredón de cemento. En todo caso, su promesa es mantener fuera de su redil a los inmigrantes de dudosa lealtad y escasos recursos. La viabilidad y la eficacia de plantar una valla o construir un tabique de tres mil kilómetros están por ver. Poco le importan a Donald Trump. Sus objetivos son otros. El primero, demostrar que lleva a cabo sus promesas. Aunque resulten tan estúpidas como plantar en la frontera una muralla equivalente a la distancia entre Gijón y Minsk. Al fin y al cabo, una empresa de tal calibre solo puede estar al alcance del hombre más poderoso del mundo. Le queda encontrar la fórmula para cumplir la segunda parte de su compromiso electoral: que los mexicanos paguen de su bolsillo la barbaridad con la que aspira a poner fin a los problemas de desempleo, violencia y gasto social que atribuye a los espaldas mojadas.
Más preocupantes son las razones que subyacen en sus prisas por reforzar la frontera estadounidense. Donald Trump gobernará con el proteccionismo como bandera, lo ha proclamado; el populismo como discurso, de lo que ya dio pruebas en su investidura, y el miedo como herramienta. Aunque ello suponga equiparar con terroristas a las masas que patrullan la frontera en busca del sueño de tres comidas diarias. El temor ha levantado grandes muros a lo largo de la historia. Los emperadores chinos construyeron una muralla de roca a lo largo de 21.000 kilómetros para protegerse de las invasiones de los pueblos nómadas, el emperador Adriano ordenó levantar la fortificación que lleva su nombre para defender a Roma de los belicosos pictos y Stalin dejó caer un telón de acero con la excusa de preservar el sistema soviético de las perversiones capitalistas. En todos los casos, al otro lado de la piedra, el ladrillo o la alambrada estaba el enemigo. La misma percepción de la realidad que el nuevo presidente de Estados Unidos quiere para los ciudadanos de un país que se siente imperio. Más allá del Río Grande están los bárbaros.
El muro del miedo de Donald Trump es una llamada al patriotismo norteamericano, la primera demostración de la fortaleza de su nuevo comandante en jefe. Y también una advertencia a la comunidad internacional de que su política de ‘América, lo primero’ no admite concesiones. Su grito de guerra ha tenido efecto. El temor sirve para unir y también para someter. Solo hay que ver la timorata respuesta que muchos países, entre ellos España, han dado al puñetazo del mandatario republicano en la mesa de los mexicanos. Una tibieza alentada por la advertencia de que la nueva administración norteamericana no admitirá medias tintas. No pocos gobiernos han quedado ya convencidos de que lo más conveniente a sus intereses es una prudente equidistancia. A corto plazo, la balanza comercial garantiza más rentabilidad que reivindicar unos principios que no encajan en la nueva diplomacia del miedo. Incluso el presidente de México parece conformarse con la etérea garantía de que Donald Trump intentará evitar las discusiones en público sobre quién pagará la fiesta. Queda por ver si la tímida respuesta internacional no se aprecia desde la Casa Blanca como una prometedora genuflexión.