LA HERENCIA DE LA POBREZA

Las administraciones han dado en llamarlos colectivo de difícil empleabilidad. Son trabajadores de mediana edad a los que la crisis ha dejado en el paro, madres de familia con niños a su cargo, jóvenes que no encuentran la oportunidad que merecen ni siquiera en precario. Muchos con una notable formación y una amplia trayectoria profesional han terminado en el saco de los nuevos pobres. El caso es que van camino de hacerse pobres antiguos sin más amparo que el salario social. Más de veinte mil asturianos necesitan esta prestación para poner un plato en la mesa. 2.090 viven pendientes de que se evalúe su situación para recibirla y otros seis mil aguardan a que se revise su petición en una angustiosa lista de espera. Cincuenta técnicos del Principado se ocupan de ellos. Si se toman su trabajo en serio, como merecen los ciudadanos para no ser tratados como expedientes, quienes hoy están los últimos de la cola serán atendidos dentro de año y medio. De este plazo, que costaría aceptar para el trámite administrativo más vulgar, depende la vida de muchas familias. Así que no resulta extraño que muchos de los beneficiarios del salario social rechacen un empleo si la perspectiva al final del contrato son dieciocho meses sin cobrar un euro. Pocos se atreven a correr ese riesgo. La mayoría se conforma con encontrar algún ingreso extra. Mientras los impuestos alcanzaron para financiar estas ayudas, casi nadie cuestionó su necesidad. Cuando la crisis disparó el número de solicitudes, la aplaudida red de protección social comenzó a mostrar la debilidad con la que estaban hilvanadas algunas de sus costuras. Las administraciones tienen dificultades para mantener su gasto, los funcionarios se ven desbordados y los beneficiarios de una ayuda concebida para salir del bache y evitar la exclusión se sienten condenados a la perpetua dependencia. Tacharles de conformistas como algunos hacen con excesiva facilidad resulta demasiado sencillo. Si tantas situaciones de necesidad tuvieran una conclusión tan simple, la solución también lo sería. Y no lo es. Como tampoco la picaresca de unos pocos permite juzgar a miles. Antes que a ellos, tal vez deberíamos condenar la impericia de los legisladores, que en ocasiones han abierto la puerta al oportunismo antes que a la justicia.
El Principado ha anunciado esta semana su intención de modificar los planes de empleo para que los beneficiarios del salario social tengan acceso prioritario. El Ayuntamiento de Gijón ha aprobado una renta social básica que les permitirá además hacer compras que alivien lo poco que dan de sí quinientos euros de la ayuda regional cuando todos los gastos de una familia dependen de ellos. Con ello, los gijoneses con menos recursos serán los asturianos que más ayuda reciban. Al menos, mientras el presupuesto municipal lo permita. Cada administración intenta romper a su manera los grilletes de la pobreza. Cada euro del presupuesto dedicado a evitar que un ciudadano viva de forma indigna no puede darse por malgastado. Pero quienes gestionan el dinero público no deberían limitarse a ofrecer analgésicos al dolor de unos padres obligados a decirle a su hijo que sus oportunidades corren a cargo de un subsidio. La crisis ha forjado una nueva sociedad en la que muchos no solo viven peor que antes, sino que han perdido la confianza en que su vida pueda mejorar algún día. De que no se desvanezca también su esperanza de legar a sus hijos algo más que un salario social depende nuestro futuro más de lo que podemos imaginar. La pobreza es la única herencia que aumenta en cada generación sin necesidad de hacer nada. Frente a ella, la política social no puede quedarse en un parche.

LA DICOTOMÍA ASTURIANA

Asturias es propensa al desánimo. Sus razones tiene. Los asturianos han sido vapuleados lo suficiente como para hacer comprensible su tendencia a un desencanto tan inclinado a la ironía como al lamento. En esta frustración enraíza el discurso político de que poco más se puede hacer que culpar a otros o al empedrado. Existe una Asturias tópica, ocupada en administrarse vergajazos, con querencia a pararse a discutir en las encrucijadas, donde algunos se sienten cómodos porque creen que la inacción les beneficia. Su negocio, al fin y al cabo, ya está hecho. También hay otra Asturias consciente de que no puede permitirse el lujo de desperdiciar sus oportunidades en debates etéreos ni está dispuesta a mantener la única esperanza de que la rotación de la Tierra mute en su beneficio. Ambas conviven en el territorio de una región donde los partidos aún están a tiempo de reivindicar unidos la variante de Pajares en lugar de buscar excusas y especular con los beneficios electorales de su retraso. Algo deberían hacer antes de que la movilización ciudadana deje en evidencia la desganada actuación de muchos políticos durante los últimos quince años por más que la crisis sirviera de excusa. El innegable riesgo de viajar al futuro en el vagón de segunda clase ha llevado a los partidos asturianos, los sindicatos y los empresarios a una esperanzadora reclamación ante Fomento. Una excepcional unanimidad en el debate político regional, ocupado con demasiada frecuencia en buscar coartadas para las decisiones tomadas en Madrid por quienes poco entienden la acuciante necesidad de mejorar las comunicaciones ferroviarias en la región. Al fin y al cabo, cuando vengan será en un vuelo que pagarán en parte quienes siguen esperando a que se construya el AVE.
La Asturias que se niega a aceptar la decepción como su estado natural lo tiene difícil. Quienes pretenden cosechar los réditos del inmovilismo no son la mayoría, pero hacen mucho para que nada cambie. Tan perjudiciales como aquellos que aspiran a construir nuevos muros con el hormigón del sectarismo. La inercia del fracaso no es tan inexorable pese a los vaticinios de los agoreros. Los grupos municipales de Gijón tienen una buena ocasión de demostrarlo con la negociación de un plan urbanístico capaz de superar los tabús ideológicos para cimentar el crecimiento de la ciudad. Sin agraviar una vez más a la zona rural ni condenar a los gijoneses a un parón urbanístico en el que solo los especuladores podrían sentirse cómodos. El acuerdo de cinco de los seis partidos de la Corporación para la aprobación inicial devolvió la esperanza a quienes están convencidos de que los intereses generales se defienden mejor desde la razón que con la aplicación de los encorsetados clichés de las siglas.
En Oviedo, el debate presupuestario también demostrará si una decisión cargada de prejuicios puede ocultar, una vez más, la crudeza de la realidad. Pese a lo mucho que deberían decir las cuentas sobre las aspiraciones de la capital asturiana para los próximos años, el debate se ha centrado en los tijeretazos que la Concejalía de Cultura ha dispensado a algunas instituciones. Un recorte que nada ayudará a levantar la losa de casi 33 millones de deuda heredada del despropósito de Villa Magdalena, pero facilitará las cosas a quienes se sienten más cómodos en el protagonismo de la polémica que en el trabajo de construir un nuevo modelo de ciudad. Otra prueba, una más, para la dicotomía asturiana.

CINETECA Y FESTIVAL

Laboral Cineteca es la propuesta del Gobierno del Principado para revitalizar la Ciudad de la Cultura, impulsar la industria audiovisual asturiana y acercar la formación cinematográfica a los colegios. Objetivos plausibles, en los que el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, ha trabajado durante los últimos seis meses, según él mismo ha dicho, y cuya consecución se traducirá en un ciclo de cine para cada estación del año, la creación de una Film Commission que promoverá la realización de películas y cortometrajes de creadores asturianos y una programación infantil y juvenil acompañada de cursos, conferencias y talleres para escolares. José Luis Cienfuegos, exdirector del Festival Internacional de Cine de Gijón y ahora al frente del Festival de Cine Europeo de Sevilla, ha sido designado para seleccionar las primeras trece películas que se proyectarán en el paraninfo. El viceconsejero ha rescatado a quien se reconoce el mérito de haber convertido al FICX en referencia internacional del cine independiente. Junto a él desarrolló los cursos universitarios dentro del festival gijonés. De aquella etapa dan testimonio algunas de las publicaciones del ahora responsable de Cultura como ‘Pantallas depredadoras’. En manos de Cienfuegos queda atraer público a un espacio cultural que muchos aún perciben lejano y ajeno a sus intereses. La Laboral adolece del mismo problema que aquejaba al Centro Niemeyer: sus colosales dependencias pasan más tiempo vacías del que merecen. En Avilés, la solución ha sido desviar parte de las actividades que hubieran tenido su lugar natural en el Teatro Palacio Valdés o en la casa de cultura. La ambición con la que se construyó un edificio que aspiraba a transformar una ciudad tendrá que esperar tiempos mejores y presupuestos más holgados.
En Gijón, el equipo de gobierno ha recibido con indignación el proyecto de Cultura. Fundamentalmente, porque en seis años la Administración regional ha reducido un 60% su aportación al festival de cine, que atraviesa serias dificultades económicas. El concejal Jesús Martínez Salvador ha criticado que Laboral Cineteca se haya gestado «de espaldas» al Ayuntamiento de la ciudad en la que tiene su sede y a un certamen que sumará este año 54 ediciones. De hecho, los responsables municipales ni siquiera fueron convocados a la presentación. Tampoco recibieron invitación las empresas que tendrán en la nueva Film Commission «la ventanilla única» desde la que se pretende gestionar la mayor parte de las ayudas y recursos destinados a la industria regional del cine. Saben, por palabras del viceconsejero, que este nuevo organismo «no será incompatible» con el que bajo el mismo nombre agrupa a buena parte del sector audiovisual en Asturias, que los trabajos elegidos para contar con financiación pública serán seleccionados por un grupo de expertos y que supondrá la puerta de entrada a un circuito de proyecciones del que formarán parte casas de cultura de toda Asturias. El resto está por ver.
Un proyecto que el Gobierno asturiano debería haber concebido mucho antes nace enfrentado al principal festival de cine de la región y aún supone una incógnita para buena parte de los creadores a los que pretende apoyar. Nada que no se pueda subsanar para que cumpla la finalidad con la que fue presentado: «Dar respuesta a la demanda del sector y potenciar la educación cinematográfica». Para ello es necesario que las administraciones estén dispuestas a superar sus desencuentros, impregnados de personalismos. Lo contrario llevará, probablemente, a un decepcionante resultado: dos carteleras, una concentrada en diez días y otra espaciada a lo largo de todo el año. Seleccionadas, eso sí, con gustos distintos y abonadas a la infecunda polémica de qué siglas pueden arrogarse un mayor apego a la cultura, un debate que acostumbra a terminar en la prosaica tentación de contar espectadores y una desatinada competencia, zancadillas incluidas, por el público. Ni la idea con la que Asturias quiere potenciar su industria cinematográfica ni un festival con casi cinco décadas de historia se merecen un final así. Además, esa película ya la hemos visto y solo fue aplaudida por los incondicionales del género partidista, aunque alguno tenga interés en reponerla.